Reseña

Esteban Tomás Montoro del Arco. Reseña de Mancera, Ana; Pano, Ana. 2013. El discurso político en Twitter. Barcelona: Anthropos Editorial. Infoling 2.9 (2015) <http://infoling.org/informacion/Review189.html>

Twitter, una de las redes sociales que más han crecido en los últimos años, es una auténtica arma de doble filo, puesto que es capaz de procurar una gran popularidad a sus usuarios, pero también puede comprometer gravemente, en tiempo récord, la imagen social que se hayan ido construyendo a lo largo de los años. Los deslices son frecuentes y hay algunos que llegan a adquirir tal fama que parecen haberse instalado en la memoria colectiva: la presentadora Paula Vázquez, por ejemplo, tuvo que cambiar de teléfono porque se le ocurrió colgar una foto de la multa que acababan de ponerle, en la que figuraba este dato; los usuarios se cebaron con el cantante David Bisbal porque lamentó que no hubiera muchos turistas en las pirámides egipcias en plena revuelta de la “Primavera árabe”; Alejandro Sanz, por su parte, casi llega a cerrar su cuenta por culpa de un error ortográfico (vid. Montoro 2013). Cuantos más seguidores tiene un usuario, mayor es la repercusión e inmediatez de su error, pues no hay que olvidar que el concepto de “seguidor” esconde tanto a simpatizantes como a detractores.

Los líderes políticos no son ajenos a las posibilidades que ofrece Twitter para mostrarse más cercanos a los votantes e influir en su opinión. La gran mayoría de ellos tienen cuentas en las que transmiten bien las consignas del partido correspondiente (por sí mismos o a través de un community manager), bien sus propias opiniones personales. Es quizá cuando hacen esto último cuando consiguen “meter la pata”, como ha sucedido en varias ocasiones con el parlamentario de UPyD Toni Cantó, de quien, en su defensa, podemos decir que no constituye un político prototípico, dado que proviene del teatro y la televisión.

Sea como fuere, Twitter constituye hoy día un importante instrumento de propaganda política, especialmente productivo en periodos electorales, y este hecho no ha pasado inadvertido para Ana Mancera y Ana Pano, autoras de El discurso político en Twitter. En este libro reflejan la “mudanza en su costumbre” de la sociedad, merced a las prácticas propiciadas por la web 2.0 y analizan cómo los políticos han sabido canalizar este cambio para ponerlo al servicio de sus intereses, superando así el estrecho y obsoleto marco de la mercadotecnia política tradicional. En concreto, se centran en un corpus de más de 454 tuits cuyos responsables fueron los principales candidatos a la presidencia del Gobierno en la campaña de las elecciones generales de 2011, así como periodistas de distintos medios y ciudadanos que se hicieron eco del proceso electoral, ya fuera a través de cuentas personales o perfiles anónimos destinados fundamentalmente al humor. Hay que destacar, desde el comienzo, que el libro combina seriedad y rigor con un estilo extraordinariamente ameno y lleno de juegos de palabras y guiños al lector, que se avanzan ya en el propio subtítulo de la obra: Análisis de mensajes que “trinan”.

El volumen consta de tres partes bien diferenciadas: las dos primeras sirven como marco general para el análisis detallado del corpus. La “parte primera”, más breve, consta de dos capítulos en los que Ana Pano introduce los conceptos básicos de lo que ha dado en llamarse Discurso mediado por ordenador (DMO), fundamentales para entender la comunicación a través de Twitter (1. “Del diálogo en la Red al debate en las redes”). Se ofrece también un breve e interesante recorrido por la historia de Twitter y se introducen términos básicos que se han popularizado a través de esta red social, tales como microblogging, (re)tuit, follower, trending topic, etc., sin los cuales difícilmente podríamos comprender su funcionamiento (2. “Únete a la conversación”). La mayor aportación de esta parte reside, en mi opinión, en la reflexión acerca del “culto de lo amateur” en el que las sociedades modernas parecen haberse instalado en los últimos tiempos. La web 2.0 ha permitido la creación de una inteligencia colectiva (manifiesta por ejemplo en el fenómeno de las wikis) y la creación de una sensación de copresencia entre los internautas que han facilitado una interacción incesante y creciente y, por ende, el nacimiento de una opinión pública digital. Esta parece tener menor profundidad que la formada a partir de modelos comunicativos más tradicionales (la prensa escrita tradicional, los debates televisados, etc.), y se caracteriza además por tener un estilo más coloquial y desenfadado. Twitter no es sino uno de los medios que las nuevas tecnologías ponen al alcance de los usuarios, pero su particularidad esencial –que sus mensajes solo puedan contener 140 caracteres– supone un esfuerzo de síntesis ausente en otras redes sociales; esta aparente limitación, sin embargo, parece haber sido el secreto de su éxito, pues se adapta perfectamente a la navegación propia de los teléfonos móviles, más aptos para consultas rápidas que para la realización de tareas complejas y profundas.

La “parte segunda”, cuya responsable es Ana Mancera, se compone de tres capítulos en los que se analizan aspectos concretos de la campaña electoral de 2011. En el primero (1. “El disputado voto de la prima de riesgo”), se expone el marco general de dicha cita: en primer lugar, se pone el acento en un problema, el de la crisis económica, que sigue fue el tema más recurrente de la campaña electoral del 20-N de 2011, como previsiblemente lo será en los próximos comicios de 2015 y 2016. Uno de los aspectos sobre los que se incidió fue el de la inestabilidad económica durante los últimos meses del Gobierno de Zapatero, en virtud de la percepción negativa que los mercados tenían acerca de la recuperación de la economía española, entre otros motivos, por los continuos escándalos de corrupción o el aumento del desempleo. De ello trataron los distintos candidatos que concurrieron a las elecciones al frente sus partidos (Mariano Rajoy, Alfredo Pérez Rubalcaba, Cayo Lara, Rosa Díez, etc.), particularmente en sus eslóganes electorales. Así, se muestra, por ejemplo, el uso continuado del concepto de “cambio” desde las elecciones de 1982 hasta 2011. En segundo lugar, se explica brevemente el contexto normativo por el que se regía la actividad mediática en época electoral: este es un aspecto especialmente interesante, puesto que medios tradicionales como la televisión parecían beneficiar a los grandes partidos a través de los famosos debates cara a cara, mientras que los menos representados quedaban relegados a debates “compensatorios” al margen de los anteriores. El auge que hoy las encuestas otorgan a partidos inicialmente minoritarios, como Podemos o Ciudadanos, muestra el valor que para la cobertura mediática han adquirido medios alternativos e innovadores como Twitter, así como la influencia en el electorado de aspectos personales de los candidatos, y no tanto vinculados al programa electoral o a la imagen de partido.

Cabe preguntarse, pues, cómo influyó el uso de Twitter en los resultados electorales de la cita de 2011, que dio como resultado un hemiciclo bastante repartido, a pesar de la mayoría absoluta del Partido Popular. A ello se dedica un segundo capítulo dentro de este segundo bloque (2. “Los políticos y sus tuits: una “amistad” por conveniencia”). En él se retrata la actividad tuitera de los principales candidatos españoles a través de la comparación con el uso que hizo de las redes el equipo de Barak Obama para lograr ganar primero su candidatura dentro del Partido Demócrata y, posteriormente, para encumbrarlo en la presidencia de Estados Unidos. La clave, según la autora, estuvo en la impresión de cercanía y reciprocidad que lograron generar los asistentes del presidente en un amplio grupo de seguidores captados a través de la conjunción de diversas redes sociales, los cuales sintieron que el candidato contestaba a sus mensajes y dialogaba con ellos. Por el contrario, los candidatos españoles, si bien detectaron la importancia de este medio para lograr transmitir su mensaje, no lo hicieron con la misma destreza. Al parecer, se sirvieron de Twitter con un fin manifiestamente electoralista: como se desprende de los tuits seleccionados, los principales candidatos a la presidencia del Gobierno, Rajoy y Rubalcaba, delegaron el mantenimiento de las cuentas en sus asesores, dedicando sus mensajes a la mera difusión de propuestas, la mención de artículos periodísticos favorables o el anuncio de citas electorales. Esta estrategia quizá obedeciese a conjurar el riesgo de cometer “meteduras de pata” como las citadas al comienzo, nada infrecuentes en otros políticos que sí se hicieron cargo de sus propias cuentas, como es el caso de García Albiol, quien para mostrar músculo, llegó a tuitear por adelantado una redada policial, poniéndola así en peligro. Finalmente, y como contrapunto, se revisa también al seguimiento de la campaña por parte de un grupo de dieciséis periodistas, algunos de los cuales figuraban en la lista de los periodistas tuiteros más influyentes en España  (3. “Publicar la opinión pública”) y de otros usuarios no identificados, cuyas cuentas servían más bien de escarnio y mofa sobre todo el proceso o sobre alguno de los candidatos.

La “parte tercera” es la más extensa, dado que se dedica al estudio pormenorizado del corpus elegido desde un punto de vista pragmalingüístico, objetivo principal del volumen. Está formada por cuatro capítulos. En el primero de ellos, que recoge la célebre cita de Wittgenstein (1. “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”), Ana Pano parte de la mezcla de estilos que caracteriza al lenguaje político para analizar las propuestas comunicativas y lingüísticas adoptadas por los candidatos de las elecciones de 2011. En concreto, extrae en primer lugar muestras de uso de lenguaje ambiguo o doble lenguaje inherente a palabras vagas, polivalentes o insustanciales tales como “valor”, “igualdad”, “cambio” o “democracia”, así como a eufemismos del tipo de “reestructuración” o “recuperación”; en segundo lugar, analiza las estrategias de construcción de la imagen del candidato o del adversario a través de mecanismos diversos: el empleo de un lenguaje ambiguo en el que se juega con las referencias deícticas implicadas en el uso de las formas singular y el plural de la primera persona o en sustantivos genéricos como “pueblo”, “país”, “sociedad”, “ciudadanos, etc.; la crítica y descalificación a través de increpaciones directas; o el juego polifónico inscrito en la cita de declaraciones previas de los candidatos que dan paso a preguntas capciosas, por citar algunos ejemplos. En tercer lugar, expone las técnicas de persuasión y seducción con las que los candidatos, o sus equipos, apelaron no tanto al intelecto como a las emociones de los seguidores: en este campo se muestran, por ejemplo, las habilidades de algunos candidatos en el uso de determinados procedimientos que, en general, identificamos con el lenguaje político, tales como las repeticiones (potenciadas en este medio por las etiquetas o hashtags), las anáforas, los paralelismos, las metáforas, etc., sin olvidar elementos propios de la comunicación cibernética como son los emoticonos, también presentes en los tuits de los políticos.

En el siguiente capítulo (2. “Que hablen de mí: de menciones, retuits, enlaces y etiquetas”), Pano profundiza en el uso estratégico de procedimientos, frente a los del capítulo anterior, más propios del canal Twitter, tales como los retuits, las etiquetas o los documentos o páginas enlazados dentro de los 140 caracteres.  Si la inclusión, por ejemplo, del nombre del usuario al que va dirigido el tuit garantiza el uso del vocativo, mencionar además el nombre del interlocutor es una estrategia que puede permitir reforzar la intención última del tuit, ya sea la de realizar un reproche, ya sea la de fomentar las buenas relaciones. Igualmente, pueden incluirse otros usuarios a quienes no va dirigido el mensaje particularmente, de forma que se les hace partícipes de la comunicación, para bien o para mal. Los retuits también son utilizados en general de forma interesada, en tanto que los candidatos reenvían aquellos que contribuyen a reforzar su imagen positiva.; las etiquetas, por su parte, favorecen la aparición de hilos de opiniones que son fácilmente recuperables después (ejemplos de ello fueron #Rajoyresponde, #jornadadereflexion, #saldremos), pero a veces pueden volverse en contra de sus creadores o usuarios, bien por la posterior manipulación de su intención primera (ej. #RajoyrespondeAlfredonoseesconde), bien por la búsqueda del humor y la ironía por parte de los usuarios (ej. #saldremos #escaldados). Los políticos, concluye Pano, en todo caso proyectan en su uso de todos estos procedimientos (menciones, retuits, etiquetas, enlaces) las mismas estrategias que siguen en su comunicación habitual: evitan una excesiva exposición, así como las situaciones que pueden resultar comprometidas, y se limitan a amplificar sus mensajes, todo ello al margen de los usuarios y de las prácticas consagradas por el uso que los tuiteros hacen de este medio habitualmente.

El tercero de los capítulos de esta parte (3. “Lo cortés no quita lo valiente pero, ¿y lo descortés?”) está dedicado al análisis de la imagen social construida por los participantes en la campaña a través de sus intervenciones en Twitter, concepto en el que se ven involucrados, por un lado, la contraposición entre los rasgos de autonomía (como deseo de realizar manifestaciones sin temor a ofensas) y afiliación (como intención de ser original y mostrar buenas cualidades) y, por otro, el rol específico que cumplen los actores, tanto políticos como periodistas y demás tuiteros, en sus interacciones comunicativas. Mancera expone así casos de cortesía valorizante, que persiguen ensalzar la imagen social del individuo, y casos de descortesía, en los que se utiliza la amenaza a la imagen de los otros como medio para estrechar las relaciones con los miembros del grupo al que el individuo pertenece. Ambas son estrategias altamente esperables también en Twitter, en tanto que no son sino reflejo de las rutinas para la progresión política inscritas en la naturaleza misma de los partidos, de la que estos han hecho gala en todo tipo de medios de comunicación. No obstante, sorprende la hostilidad que revisten a veces los actos descorteses de los internautas en esta red, particularmente en los tuits dirigidos a los candidatos por parte de los ciudadanos, anónimos o no (ej. “Rubalcalva”, “cagamentiras”, “bocachocho”, “zorra”, etc.).   

Precisamente los internautas son los protagonistas del último capítulo de esta tercera parte (4. “‘El buen humor es el mejor traje que puede lucirse en sociedad’: la ironía y el humor en los tuits sobre la campaña electoral”), que está dedicado a los tuits humorísticos e irónicos escritos desde cuentas-parodia que suplantan la identidad de los personajes políticos más relevantes de la campaña, tales como “Espeonza Aguirre”, “Malsano Rajoy”, “Plaid Zapatero”, etc., alguna de las cuales (@NanianoRajoy) fue cerrada incluso por los gestores de Twitter, amparándose en la supuesta infracción de las normas de uso de la red. Mancera dedica la mayor parte de este capítulo al análisis del los indicadores de ironía detectados en los numerosos casos de uso de este recurso, con el que los individuos, una vez más, amenazan la imagen personal de los adversarios y, al mismo tiempo, protegen la propia.

El libro termina con un capítulo recapitulatorio (“Retuitcapitulemos”), en el que las autoras tratan de poner al día gran parte de las afirmaciones realizadas en el estudio sobre la campaña de 2011, dado que la dinámica democrática no cesa y, en el momento de redacción de las conclusiones (2012) ya habían tenido lugar nuevas campañas electorales, dentro y fuera de España. Sin embargo, los datos aportados no hacen sino confirmar el creciente auge de esta red social, así como las tendencias apuntadas por Mancera y Pano, cuyo trabajo tiene el valor de haberse ocupado probablemente de la primera campaña española que se ha servido de esta red social como instrumento electoral relevante, poniendo las bases para entender la explotación de Twitter en lo sucesivo. Precisamente ahora que en los próximos meses afrontamos unos nuevos comicios, que se adivinan apasionantes a juzgar por la famosa ruptura del bipartidismo y el empuje de partidos minoritarios e incluso totalmente nuevos, resulta altamente recomendable –y terapéutica– la lectura de este excelente libro.

Referencias bibliográficas

Montoro del Arco, Esteban T. 2009. Itinerarios para la enseñanza y aprendizaje de la orto(tipo)grafía del español en el sistema ECTS. En J. Villoria Prieto, M.ª Eugenia Fernández Fraile & A. M.ª Ramos García, coords. La enseñanza de la lengua en la universidad: innovación y calidad. Granada: Comares, pp. 43-58.



Con el patrocinio de:
Editorial Arco Libros

© Infoling 1996-2015. Reservados todos los derechos.
ISSN: 1576-3404
Logo image by Hay Kranen / CC-BY