Información general

Infoling 1.5 (2022)
Título:Manuel Seco Reymundo, in memoriam
Descripción

Manuel Seco Reymundo, in memoriam

Prof. Ángel López García-Molins (Universidad de Valencia)

 

El pasado 16.12.2021, moría Manuel Seco a la edad de noventa y tres años. He leído varias necrológicas, aparecidas en los principales diarios, en las que se glosa pormenorizadamente su contribución a la filología española. A todas las sobrevuela una especie de melancolía, porque, pese a ser miembro de número de la RAE, "solo" llegó a catedrático de instituto, pero no a la cátedra universitaria. Parece como si su carrera profesional se hubiera saltado un eslabón, como si, siguiendo el ejemplo de su maestro D. Rafael Lapesa, hubiera debido ser sucesivamente, catedrático de instituto, catedrático de universidad y académico. Sin embargo, Manuel Seco contradice con su ejemplo este supuesto, porque fue un académico a carta cabal y, seguramente, pudo serlo porque le faltaba el escalón precedente.

 

Es todo un cursus honorum que damos por supuesto. En España, eso sí: en otros países con tradición de academias, como Francia o Italia, a nadie se le ocurriría ver las cosas de este modo y, en la mayoría de los países hispanoamericanos, tampoco. Hace unos días leía unas declaraciones de Nicolau Dols, el nuevo presidente de la sección filológica del Institut d'Estudis Catalans, en la que le preguntaban si el IEC es al catalán lo que la RAE al español y contestaba lo siguiente: "las personas que lo integran [el IEC] no ocupan un lugar por haberse significado en el uso de la lengua y por eso se les honra como final de una carrera: más bien al contrario, ser miembro del Institut es una carga, pues se debe trabajar, aportar ideas e investigar". Bueno, pues Manuel Seco ha sido clamorosamente una excepción que confirma la regla. Se puede decir que, en vez de aprovecharse de su condición de académico, fue la academia quien se benefició enormemente de su trabajo.

 

Manuel Seco hizo carrera, pero dentro de la institución: ingresó en el Seminario de Lexicografía de la Real Academia en 1962 y fue, sucesivamente, redactor (1962-1968), redactor jefe (1968-1981) y director (1981-1993) del Diccionario histórico; entre 2000 y 2012, fue asesor del Instituto de Lexicografía, y siguió trabajando hasta el último aliento, cuarenta y un años después de haber leído su discurso de ingreso sobre los diccionarios históricos en 1980. La RAE, que fue fundada con el objetivo de hacer un diccionario y una gramática, le debe mucho, porque el diccionario histórico es, en buena parte, fruto de su inmensa dedicación. Pero este hombre callado, serio y trabajador, se guardó muy mucho de hacer política, ni lingüística ni de la otra. Es como si el protagonismo mediático de que ha gozado (?) la RAE desde 1992 hubiera pasado a su lado sin rozarle. No busquen manifestaciones triunfalistas en sus obras: lo que hallarán son consejos de puro sentido común, pero por ello mismo precisamente, los que reclama el público hispanohablante en su vida diaria. Así, en la Advertencia que encabeza su Diccionario de dudas y dificultades de la lengua española (1986) decía: "Como ninguno de los que hablan un idioma está libre de dudas y de dificultades en su uso, este Diccionario no está pensado para un sector especial de lectores. Aspira a ser útil lo mismo a un académico que a un estudiante de bachillerato. Naturalmente, hay grupos de personas que por su particular formación y tipo de trabajo obtendrán de este libro un rendimiento mucho mayor: profesores de lengua y literatura españolas, estudiantes –nativos o extranjeros– de nuestro idioma y de sus letras, maestros, escritores, periodistas, locutores de radio, traductores, todos los que de una u otra manera necesitan escribir o hablar para el público. Pero, repetimos, cualquier hablante de cultura media puede encontrar aquí aclaradas sus dudas y dificultades en materia idiomática."

 

Su obra fue justamente eso: una ayuda imprescindible para todos los hablantes de español, a los que contabiliza con generosidad, pues no solo se refiere a los nativos, sino también a los extranjeros, y a los que deja encomendados, especialmente, a los maestros, a los periodistas y a los traductores. No se puede ser más explícito: a mí Don Manuel Seco me parecía una especie de médico de cabecera del idioma, esa persona en la que confías y que transmite su calma y su buen saber a los que te cuidan, a tu familia y a tus amigos. Nunca quiso ser considerado un especialista y, tal vez por eso, no intentó la aventura de la carrera universitaria, sino que cifró su vida laboral en el instituto de enseñanza media, que es donde de verdad se juega la suerte culta del idioma. Eso resulta poco brillante y es seguro que si hubiera tenido que aportar cada seis años artículos refrendados por la marca J.C.R. de primer cuartil y a ser posible en inglés, se habría sentido muy desgraciado. Pero como la institución académica está sometida a toda suerte de presiones desde los poderes públicos, era importante que uno de sus miembros relevantes, el que ocupaba el sillón A, pudiera hacer su trabajo sin inmutarse, hasta conseguir elaborar un diccionario de dudas, que constituye el precedente más claro de lo que sería el Diccionario panhispánico de dudas (2005), publicado por ASALE y fruto del trabajo coordinado de numerosas personas. También publicó Manuel Seco una notable Gramática esencial del español (1989), en la que sigue los pasos de Rafael Seco, su padre, quien había escrito un Manual de gramática española (1939) con el que a muchos hispanistas de mi generación nos salieron los dientes. Es una gramática normativa cuyo parangón más exacto se halla, a mi entender, en Le Bon Usage de Maurice Grevisse, aquel famoso manual de referencia de la lengua francesa que se publicó en 1936 y que, muerto su autor, ha sido continuado por su yerno, André Goosse.

 

Merece la pena destacar varios aspectos de la Gramática esencial del español, una obra sucinta, pero muy completa, justo la que necesitaba el hablante común de español. El primero, que una cosa es la lengua y otra la lingüística: nunca se posicionó Manuel Seco en favor de alguna de las escuelas que han competido ferozmente en el último medio siglo; lo suyo fue un descriptivismo atento a los datos y a su depuración en aras de facilitar al lector el dominio de la lengua culta. En esto difiere de Grevisse y se muestra muy académico, pero sin dogmatismos: "Si la lengua es de todos, si nadie, ni Academia ni gramáticos, la gobiernan, ¿cómo se mantiene su unidad? Ya hemos dicho que el instinto general de conservar el medio de comunicación con los demás, necesidad de toda sociedad, es lo que frena y contrarresta la tendencia natural a la diversidad en el hablar. Este instinto es el que establece las normas que rigen el habla en cada comunidad" (16.3). Viene a ser lo que Coseriu, por la misma época, llamó el saber hablar originario.

 

El segundo aspecto que querría destacar es su conciencia de que la lengua española no está sola en su solar originario (ni en los transplantados): "Ya hemos dicho que, aunque hay una lengua que se llama española, no es la única que se habla en España. Hay territorios donde la mayoría de los hablantes tiene una lengua materna que no es la oficial de toda España y donde esta ha de ser aprendida como segunda lengua" (2.4). El reconocimiento del plurilingüismo constitutivo de España no cobra carta de naturaleza hasta dos años más tarde, en los estatutos del Instituto Cervantes, que se crea en 1991. Esta misma falta de dogmatismo aparece en el tercer aspecto digno de mención, su idea de que todas las lenguas son instrumentos de comunicación equivalentes, la cual contrasta vivamente con los prejuicios xenófobos propagados por tantos lingüistas que no supieron eludir los cantos de sirena nacionalistas: "En principio, cualquier idioma sirve para comunicarlo todo, pues al caudal de palabras heredado de sus mayores pueden los hablantes incorporar, en caso de necesidad, palabras prestadas por otros idiomas o creadas según diversos procedimientos; de manera que nunca debe hablarse en rigor de pobreza o riqueza de una lengua, sino de pobreza o riqueza intelectual de cada uno de sus hablantes" (15.1).

 

Esta obsesión por mantener la lengua como instrumento válido en todo momento, le llevó a redactar su Diccionario del español actual (1999), que tanto debe al Diccionario de uso del español de María Moliner y que comparte con ella un desparpajo y desasimiento del rigorismo purista completamente innovador. Su admiración por la lexicógrafa, que no quisieron en la RAE, le llevó a redactar una memorable necrológica titulada "María Moliner: una obra, no un nombre" (El País, 29.5.1981, p. 36), en la que afirma: "La pereza nacional se encuentra muy a gusto con el tradicional sistema de colmar de ditirambos a todo intelectual —muerto, desde luego— a quien cierto número de entendidos señale como importante, a cambio de que esta minoría nos releve de la enojosa ocupación de acercarnos a conocer la obra del héroe […] El conocimiento de nuestros creadores y de nuestros pensadores queda así cómodamente suplido por el conocimiento de la etiqueta que sobre ellos han depositado unos pocos […] En los últimos meses, el proceso de beatificación ha recaído no sobre un poeta ni sobre un filósofo, sino, novedosamente, sobre una lexicógrafa. Al triste acontecimiento de su muerte —el 22 de enero de 1981— se unían en María Moliner dos circunstancias que eran noticia: una, su dedicación a una extraña especialidad; otra (¡todavía!), su condición femenina […] El Diccionario de uso del español es, ciertamente, uno de los diccionarios españoles más importantes […] Lo que […] distingue […] esta obra es su propósito renovador, que yo sintetizaría en la conjunción de tres rasgos: el concepto del diccionario como una herramienta total del léxico, la voluntad de superar el análisis tradicional de las unidades léxicas y el intento de establecer una separación entre léxico usual y el léxico no usual […] Entre los diccionarios españoles de lengua o usuales, el de Moliner es el intento renovador más ambicioso que se ha producido en nuestro siglo […] Bien están los elogios emotivos, sonoros y confortables; pero la verdadera alabanza al que trabaja es seguir su ejemplo. Porque María Moliner no es un nombre, sino una obra."

 

Al autor de esta sentida necrológica le pasa lo mismo, que no ha sido un nombre, sino una obra. Manuel Seco no pertenecía a ninguna escuela, pero sí participaba de las convicciones epistemológicas de un grupo de filólogos, discípulos de Rafael Lapesa, que velaron sus armas analíticas en los difíciles años de la época franquista. Su compañero, Samuel Gili Gaya, bastante mayor que él, pero con el que tenía mucho en común, expresó este talante compartido en su discurso de ingreso en la RAE el 21 de mayo de 1961: "Al llegar la hora grave en que trasponemos los umbrales de la vejez y nos preguntamos a nosotros mismos lo que somos y lo que quisimos ser, yo me veo a mí mismo como un aspirante perpetuo a maestro de escuela; nada más y nada menos que maestro de escuela". No me cabe duda de que Manuel Seco rubricó estas palabras, que sin duda tuvo ocasión de leer: como que su escuela no era ninguna de las adjetivadas en -ista, era la escuela simplemente.

 

Prof. Ángel López García-Molins (Universidad de Valencia)



Fecha de publicación en Infoling:5 de enero de 2022
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