ReseñasSección dirigida por Yvette BürkiInfoling 4.19 (2026)
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Tonelli, María Victoria. Reseña de Baez Damiano, Florencia. 2025. El poder de decir: batallas por el sentido. Columnas lingüísticas sobre glotopolítica. Ciudad Autónoma de Buenos Aires (Argentina): Glotomundo
En Uno y el universo, Ernesto Sábato relata una anécdota sobre los riesgos de la divulgación científica: ante la incomprensión de su auditorio frente a una explicación técnica de la teoría de la relatividad, Sábato decide simplificarla progresivamente: primero elimina de su enunciado los tensores y las geodésicas; luego, conserva solo algunas nociones generales; finalmente, sustituye los conceptos teóricos por escenas cotidianas, como trenes, aviadores y cronómetros. Su interlocutor, satisfecho, concluye que por fin ha comprendido, a lo que Sábato responde que ya no se trata de la teoría de la relatividad. La anécdota expresa un problema central de toda práctica divulgativa: hasta qué punto es posible hacer comprensible un objeto sin despojarlo de sus elementos esenciales.
El poder de decir: batallas por el sentido, de Florencia Baez Damiano, se sitúa en el extremo opuesto de esa experiencia. El libro se inscribe en la tradición de la divulgación científica, pero lejos de simplificar el fenómeno lingüístico, la autora lo vuelve inteligible en su densidad social, ideológica y política. En efecto, el lenguaje es abordado desde una perspectiva glotopolítica, que no lo concibe como un medio neutral de comunicación, sino como un terreno histórico de disputas, regulaciones, imposiciones y resistencias. El resultado es un texto accesible sin concesiones simplificadoras, que complejiza el fenómeno lingüístico y lo vuelve comprensible para un público amplio.
El libro prescinde de una organización en capítulos y se organiza en una secuencia de columnas un formato deliberadamente breve, pero conceptualmente riguroso que permite problematizar distintas dimensiones del lenguaje a partir de preguntas, ejemplos, poemas, refranes, anécdotas o situaciones cotidianas. No obstante, se sostiene en un conjunto de ejes conceptuales que atraviesan toda la obra y le confieren unidad: el lenguaje como productor de realidad; la norma como construcción social; los dispositivos de legitimación (escuela, diccionarios, academias, medios, tecnologías); la relación entre lengua e identidad, y la imposibilidad de una neutralidad en la lengua. En términos de progresión expositiva, las columnas van articulando conceptos y ejemplos que se retoman, se expanden y se reorientan. De este modo, el libro construye un recorrido acumulativo: cada pieza puede leerse de forma autónoma, pero la lectura completa produce una comprensión más amplia de la perspectiva glotopolítica.
Ya desde la introducción, la autora enmarca explícitamente el tipo de lectura que propone: desde tiempos remotos, las sociedades se han preguntado qué es el lenguaje, quién habla bien, qué formas son legítimas y cuáles deben corregirse. Y las respuestas a estos interrogantes nunca son inocentes. Por el contrario, la enseñanza de una variedad, la sanción de un uso, la asignación de prestigio o la estigmatización de una forma de habla, e incluso la definición de lo “vulgar” o lo “culto” remiten a relaciones de poder. Así, la lengua aparece como una práctica social atravesada por instituciones, ideologías y conflictos.
La primera columna sitúa al lector en la ciudad y propone mirar el paisaje lingüístico urbano como una cartografía de presencias y silencios. La convivencia de lenguas en Buenos Aires y, por extensión, en cualquier ciudad del mundo muestra que la ecuación “una nación, una lengua” es más un proyecto político que una evidencia sociolingüística. Las lenguas circulan, migran, se mezclan y se transforman; sin embargo, no todas gozan del mismo estatuto ni de la misma visibilidad, y esa desigualdad se evidencia tanto en la señalética oficial como en los carteles comerciales, las pintadas y los afiches. Observar los mensajes que circulan en nuestras ciudades es reconocer una disputa por el reconocimiento.
La pregunta “¿Español o castellano?”, que encabeza la segunda columna, le permite abordar las ideologías lingüísticas. Baez Damiano muestra que nombrar una lengua nunca es un gesto meramente terminológico, sino que constituye un posicionamiento atravesado por la historia y el conflicto. La autora evita el relato evolucionista lineal que retrotrae nuestro idioma desde el latín al presente, y reintroduce aquello que suele borrarse en las narrativas escolares: las tensiones ideológicas y políticas que constituyen a las lenguas. De este modo, visibiliza, por un lado, que los nombres condensan disputas; por el otro, desplaza la expectativa de una respuesta normativa (“se llama así”) hacia una explicación histórica (“se llama así por estas razones, en estos marcos, con estas consecuencias”).
Este aspecto se profundiza en “Lengua o dialecto: una cuestión de poder”, donde se problematiza una de las jerarquías más persistentes del sentido común lingüístico. El prestigio del que gozan algunas lenguas en detrimento de otras, que son relegadas a la categoría de dialectos, no obedece a razones lingüísticas, sino políticas. La frase atribuida frecuentemente a la sociolingüística de que una lengua es un dialecto con ejército es una buena síntesis del argumento de esta columna: el estatuto de “lengua” se produce mediante el respaldo estatal, la escolarización, la institucionalización y la legitimación académica. Además de recordarnos que todos hablamos un dialecto, Baez Damiano desplaza la discusión del plano puramente geográfico (dialectos regionales) al sociocultural: ciertas formas (“haiga”, “estuvistes”) se estigmatizan no por su inferioridad lingüística, sino por la valoración social de quienes las usan.
Un núcleo relevante del volumen es el tratamiento de las lenguas indígenas y la dominación. Al poner en discusión el mito de la Argentina monolingüe, la autora muestra cómo la escuela y las políticas lingüísticas consolidaron el español como única lengua legítima, y marginaron otras mediante el castigo, la vergüenza, el silenciamiento o la integración forzada. En esta columna se advierte con claridad que la perspectiva glotopolítica no es solo un adjetivo académico, sino una herramienta de lectura histórica. En efecto, lejos de reducirse a un proceso meramente comunicativo, el aprendizaje del español constituyó una condición de acceso a derechos y, por lo tanto, un dispositivo de control y subordinación.
Varias columnas regresan a una tesis central: el lenguaje no es una herramienta. La lengua no solo nombra un mundo preexistente, sino que lo recorta, lo clasifica y lo jerarquiza. De este modo, la autora introduce la dimensión performativa del decir: hablar no es solo comunicar; es, también y principalmente, intervenir. El problema se sitúa en el plano de las relaciones sociales: desacreditar una variedad lingüística implica deslegitimar a quienes la hablan, y la disputa por la palabra es también una lucha por el reconocimiento y por la posibilidad de existir con voz propia. Del mismo modo, las palabras no solo describen un fenómeno, sino que lo intensifican, lo estabilizan y lo hacen circular como evidencia. Esto se vuelve especialmente visible en el análisis del término “grieta” en el debate político argentino: nombrar una división puede contribuir a que se viva como irremediable. La disputa por el término depende, entonces, de quién lo usa, con qué fines, qué alternativas léxicas se ensayan (“divergencias”, “diferencias”) y qué implica cada elección.
Esta reflexión conduce a una cuestión más amplia sobre la relación entre lenguaje y realidad. Con un verso de Alejandra Pizarnik como disparador “Todo lo que se puede decir es mentira”, la autora conduce la reflexión hacia una cuestión central: las palabras nunca capturan por completo la experiencia y, sin embargo, organizan lo que entendemos como realidad. Por eso, la neutralidad no es una posición disponible para el hablante: todo decir selecciona, encuadra e interpreta. Este argumento se sostiene en una premisa central del libro: los discursos están atravesados por ideologías, que se manifiestan en los términos elegidos y en las metáforas activadas. Desde esta perspectiva, el lenguaje deja de concebirse como un espejo transparente para entenderse como una práctica que contribuye a producir aquello que nombra. Así, al hablar no solo describimos lo que sucede, sino que también participamos en la construcción de versiones posibles de la realidad.
La columna dedicada a la idea de perfección y corrección funciona como una crítica a un imaginario normativo que todavía estructura la escuela y buena parte del debate público. Con un poema de Matsuo Bashō como punto de partida y la pregunta por quién decide la forma “perfecta” de hablar o escribir, la autora muestra que la norma estándar suele presentarse como universal cuando, en realidad, refleja un modelo social particular, históricamente asociado a los grupos que concentran mayor capital cultural y educativo. La escuela ocupa aquí un lugar central: al enseñar a “hablar bien”, muchas veces transmite como neutral una variedad lingüística que se corresponde con los usos de sectores socialmente legitimados. De este modo, la norma no solo organiza las prácticas lingüísticas, sino también las valoraciones sobre los propios hablantes y su relación con la lengua. El libro no propone abolir la enseñanza de la norma, sino volverla objeto de reflexión: enseñar su origen, su función y sus límites, de modo que deje de operar como criterio implícito de jerarquización y exclusión, y pueda comprenderse como una convención social entre otras posibles.
La relación entre pensamiento y lenguaje irrumpe cuando la autora recurre a ejemplos de designaciones como la multiplicidad de términos para los estados del hielo en comunidades como la yámana, estrechamente vinculadas con su territorio para mostrar que las lenguas contienen saberes, memorias y formas específicas de habitar el mundo. Cuando una lengua dominante sustituye una variedad de términos por una categoría única, no solo traduce, sino que puede borrar distinciones vitales y, con ellas, conocimientos acumulados por las comunidades que las producen. En un contexto de creciente globalización, donde idiomas con gran peso geopolítico como el inglés tienden a homogeneizar prácticas culturales, la autora recuerda que las lenguas no son simples instrumentos comunicativos, sino espacios donde se sedimentan identidades, experiencias y modos de conocimiento. Desde esta perspectiva, defender la pluralidad lingüística no equivale únicamente a preservar formas de hablar, sino también a resguardar la diversidad de saberes y maneras de comprender el mundo.
El libro incorpora, además, escenas donde la lengua se apropia “desde abajo”. La columna “Ni error ni capricho: cuando el pueblo pone la letra” aborda el fenómeno del malentendido creativo popularizado como mondegreen y lo vuelve glotopolíticamente legible. A partir del ejemplo de los escolares españoles que, durante el franquismo, reinterpretaron el verso “voy por rutas imperiales” del himno falangista como “pomporruta”, la autora muestra que lo que parece un simple error de audición puede funcionar como una forma de apropiación lingüística frente a un discurso ajeno o impuesto. Desde esta perspectiva, reinterpretar lo que se escucha no es un error individual, sino una práctica colectiva mediante la cual los hablantes ajustan los sonidos a los recursos de su propia experiencia lingüística. Allí donde la norma pretende fijar la repetición exacta, los hablantes producen desvío, resignificación y sentido propio. Y recuerdan que la lengua no pertenece únicamente a quienes buscan regularla, sino también y sobre todo a quienes la usan y la transforman.
La columna dedicada a la inteligencia artificial resulta sugerente por su capacidad de vincular teorías clásicas como el principio de cooperación y las máximas conversacionales formuladas por Paul Grice con prácticas discursivas propias de las tecnologías actuales. La autora parte de una pregunta simple: por qué tendemos a percibir que hay alguien detrás de una respuesta generada por IA. La explicación remite al modo en que estos sistemas reproducen las convenciones del género conversacional y producen enunciados que simulan claridad, pertinencia y coherencia argumentativa. El efecto de autoridad no proviene únicamente de la corrección gramatical, sino de la seguridad enunciativa: respuestas sin vacilación, con tono pulido y estructura convincente, que se presentan como verdades plausibles. Después de esta respuesta, se despliega el argumento glotopolítico: las tecnologías lingüísticas tienden a privilegiar un modelo de español estándar a menudo cercano al centro peninsular y a presentar sus sugerencias como neutrales. Esa neutralidad, sin embargo, constituye una forma de ideología lingüística: lo “correcto” coincide con lo normativo y, lo “neutro”, con lo peninsular. El riesgo, sugiere la autora, no es solo la corrección automática de los textos, sino la cesión progresiva de decisiones expresivas y, con ellas, de ciertas formas de organizar el pensamiento.
Las últimas columnas consolidan el marco teórico del libro mediante referencias que dialogan con la tradición lingüística, sin perder el registro divulgativo. La autora recurre a Roland Barthes para recordar que no solo hablamos, sino que también somos hablados por el lenguaje: las palabras que usamos nos sitúan socialmente y manifiestan trayectorias, pertenencias e identidades. En diálogo con Mijaíl Bajtín, subraya que no tomamos las palabras del diccionario, sino de la voz de otros, lo que enfatiza el carácter social e histórico del aprendizaje lingüístico. En este marco, el libro revisa y pone en discusión los dispositivos que históricamente han legitimado ciertos usos como correctos las academias, los diccionarios y la escuela. El diccionario no aparece como un repertorio neutro de significados, sino como un artefacto ideológico que selecciona, define y jerarquiza. La escuela, por su parte, es presentada en una posición ambivalente: ha sido tradicionalmente un espacio de reproducción de prejuicios lingüísticos, pero también puede convertirse en un ámbito de reflexión crítica si enseña la norma como convención histórica y no como medida moral del hablar.
El poder de decir: batallas por el sentido demuestra que divulgar no implica empobrecer el objeto ni edulcorar su complejidad. Florencia Baez Damiano no abandona las “geodésicas” para reemplazarlas por anécdotas, sino que articula, con precisión y criterio, la teoría y el ejemplo, el concepto y la escena. La claridad expositiva no se alcanza a través de un recorte del objeto, sino de la construcción gradual de los problemas, apoyada en casos reconocibles y en un vocabulario crítico que el lector incorpora sin sentirse expulsado del texto.
De este modo, la obra constituye una contribución significativa a la divulgación lingüística desde una perspectiva glotopolítica. A lo largo de sus columnas, muestra que la lengua no es un instrumento neutro de comunicación, sino una práctica social donde se configuran jerarquías, identidades y formas de reconocimiento. En tiempos en los que la simplificación suele confundirse con accesibilidad, este libro apuesta por una divulgación exigente que confía en la capacidad del lector y lo invita a pensar el lenguaje como un territorio vivo de disputas. En ese territorio, lo que está en juego no es únicamente la gramática, sino también el derecho a nombrar el mundo y a ser reconocido en la propia palabra.



