ReseñasSección dirigida por Carlos SubiratsInfoling 11.7 (2020)

Si no puede leer este documento,
descárguese la última versión de ADOBE

Miguel Gutiérrez Maté (Universität Augsburg). Reseña de Bickerton, Derek. 2016. Roots of language. Berlin: Language Science Press. Infoling 11.7 (2020) <http://infoling.org/informacion/Review418.html>

1. Introducción: Bickerton, cuatro décadas después

Cualquier tiempo es oportuno para revisar los clásicos de la lingüística moderna, incluyendo aquellos que no han provocado necesariamente la adhesión de una parte sustancial de la comunidad científica –y, por consiguiente, no han llegado a “crear escuela”–, sino que han conducido más bien a la crítica, en algunos casos, llegando a hacer que, a través de las reacciones de tantos colegas empeñados en refutar o completar unos aspectos u otros de la obra, un determinado paradigma científico se haya enriquecido considerablemente. Éste es, seguramente, el caso de Roots of Language (1981), el libro más destacado (cuando menos, el de mayor impacto) de Derek Bickerton (1926-2018), y uno de los más destacados también de la criollística, cuya consolidación como subdisciplina lingüística habría sido distinta y más lenta sin esta obra, a pesar de que, como veremos, la autonomía o “excepcionalidad” del objeto de estudio de tal disciplina es, a día de hoy, puesta en tela de juicio por muchos. De hecho, una parte considerable de las líneas que siguen se dedica a examinar, partiendo de Bickerton, otros desarrollos de la disciplina.

Para poder valorar adecuadamente Roots of Language en su contexto, es necesario tener presente varias cuestiones:

  1.  el autor procedió a extrapolar datos de los dos o tres criollos que él conocía mejor y de los que tenía experiencia directa –dentro de todo el universo de criollos–, datos que tuvo que completar a partir de otros criollos mal descritos en la época;
  2.  partió de informaciones históricas igualmente incompletas sobre algunas comunidades criollófonas;
  3.  utilizó (ciertamente, de manera algo selectiva) estudios muy heterogéneos sobre adquisición de L1 –siendo éste un campo entonces poco desarrollado, que ni siquiera ofrecía posibilidades de comparación fiables para algunos de los fenómenos que le habrían interesado estudiar–;
  4.  se ocupó de muchos y muy diversos fenómenos gramaticales;
  5.  reclamó la necesidad de estudiar lenguas criollas antes que cualquier otra lengua con mayor tradición de estudio científico y mayor peso político para poder entender con garantías el origen del lenguaje y, por tanto, lo “esencial humano”, según anota ya en la dedicatoria del libro, son los hablantes de criollos los que “by an ironic stroke of justice, offer us indispensable keys to the knowledge of our species”;
  6.  finalmente, propuso un modelo innatista (un “bioprograma”) para dar cuenta de la facultad del lenguaje;
  7.  el modelo innatista de Bickerton consistía en mecanismos universales muy distintos de los de la Gramática Universal de Chomsky, quien dominaba la teoría lingüística de la época (recuérdese que 1981 es también el año en que Chomsky publica Lectures in Government and Binding).

En otras palabras, la obra estaba llamada a ser atacada por varios frentes: por la parte empírica y por la teórica; por criollistas expertos en tal o cual criollo, por anti-innatistas, por generativistas, etc. Sospecho, además, que la contundencia de algunas formulaciones del autor al criticar trabajos precedentes, junto con su estilo ameno y, a ratos, divertido –aunque seguramente no en la opinión de aquellos colegas que pudieron, tal vez, sentirse aludidos o ridiculizados por Bickerton–, no ayudaron a mejorar la situación.

A pesar de todo, es justo reconocer que la obra despertó también la admiración de muchos lingüistas, que vieron en ella un intento loable de relacionar subdisciplinas lingüísticas hasta entonces inconexas, con el objetivo de abrir nuevas perspectivas en el estudio de los aspectos más elementales del lenguaje. En términos generales, pienso que el trabajo de Bickerton sigue ameritando tal reconocimiento, más aún teniendo en cuenta las limitaciones impuestas por su tiempo, evidentes, por ejemplo, cuando el autor repasaba la bibliografía precedente, dispersa e incompleta, sobre los marcadores preverbales de tiempo, modo y aspecto en criollos, que provocaban una sensación de “preverbal chaos” al estudioso de la época (p. 81).

Dada la popularidad de la obra, no creo que estas páginas puedan añadir nada verdaderamente nuevo a lo que se ha venido escribiendo sobre ella desde hace casi cuatro décadas, si bien, en todo caso, la pertinencia de esta reseña queda justificada por la reciente edición del libro en 2016, con un nuevo prólogo del autor, como tercer número de la serie Classics in Linguistics en Language Science Press, editorial online de acceso abierto, que ha alcanzado, muy merecidamente, un importante prestigio en los últimos años. Asimismo, espero poder avivar algunos recuerdos entre aquellos que leyeron el libro en algún momento anterior, así como mostrar –a éstos y a otros potenciales lectores– que las preguntas que guiaron el trabajo de Bickerton y el pensamiento provocativo que marcó toda su obra siguen, en gran medida, desafiando a la lingüística en la actualidad. Por otra parte, dada la reciente desaparición del autor, me parece necesario recuperar su figura, con la esperanza de que no caiga en el olvido ni él, ni tampoco algunas de las propuestas concretas de su obra. Por último, confieso también un componente nostálgico, personal, que me lleva a recuperar precisamente este libro, el cual me retrotrae, por una parte, a mis tiempos de estudiante, hace dos décadas, y, por otra, a mi paso breve por Hawái, cuyo criollo constituye la base empírica fundamental del aparato teórico que expone el libro1.

En otro orden de cosas, dado el contexto hispanístico en el que aparece esta reseña, es oportuno recordar otra faceta de Bickerton –seguramente, menos conocida–, la de hispano-criollista, ya que este autor tuvo también un notable interés en un criollo de base española, el palenquero. Esto le llevó a incluir referencias ocasionales a esta lengua en diversas publicaciones –también en Roots of Language, pp. 72 y 78– y a escribir dos trabajos dedicados específicamente a ella. Aunque los aspectos concretos que analizó en estos artículos, separados por más de treinta años, no incluían las posibles implicaciones psicolingüísticas de las estructuras del criollo, por lo que quedaban fuera de la línea de investigación principal de Bickerton, no deja de ser interesante que, a pesar de su brevedad y de algunos puntos débiles, estos trabajos sigan manteniendo gran parte de su vigencia entre “palenqueristas”. Por una parte, su trabajo junto con el antropólogo colombiano Aquiles Escalante (Bickerton & Escalante 19702) examina la convivencia entre el palenquero (o, según el glosónimo local, lengua o, más recientemente, lengua ri Palenge) y el castellano, sin llegar a apreciar signos de descriollización, sino sólo de un típico language shift; la idea de la no descriollización del palenquero fue elaborada después por Schwegler (2000). Por otra parte, Bickerton (2002) presenta argumentos –muy lógicos, en mi opinión– para descartar la posibilidad de que los poquísimos lusitanismos del palenquero sean restos de un origen supuestamente portugués de este criollo –que habría sido “relexificado” después hacia el español–, un planteamiento, presente directa o indirectamente en algunos estudios palenqueros de los años 70-90, que suele considerarse ya obsoleto (cf. Moñino 2017). También en virtud del contexto hispanístico de Infoling, donde publico el presente texto, no renuncio a intercalar algunos ejemplos (o contraejemplos) de criollos hispánicos en la revisión de los planteamientos de Bickerton.

2. Contextualización y premisas de Roots of Language

La escritura de Roots of Language se debe ubicar, dentro de la extensa obra de Bickerton, entre dos de sus libros más conocidos: Dynamics of a Creole System (1975) y Language and Species (1990). En el primero de dichos libros, su autor parte de la gran variabilidad del criollo guyanés (Creolese, en el Atlas of Pidgin and Creole Language Structures (APICS)) para revisar los fundamentos del llamado continuum post-criollo, que es un concepto que había sido introducido poco antes, en 19683, por DeCamp; y,  además, en el último capítulo, aborda ya algunos de los procesos cognitivos que determinan el paso de los pidgins a los criollos. En el segundo libro, Language and Species, Bickerton desarrolla las propuestas anticipadas en los capítulos 3 y 4 de Roots of Language sobre, respectivamente, la adquisición de L1 y los orígenes del lenguaje, para modelar una teoría más abarcadora del lenguaje humano. Ésta estuvo basada en la distinción entre protolenguajes, donde incluye, además de los pidgins, la lengua de signos de chimpancés, la lengua de los bebés humanos de dos años, la de “hombres-Tarzán”, que no recibieron input lingüístico alguno hasta pasado el período crítico, etc., y lenguajes, es decir, las lenguas naturales completamente formadas, en las que incluye, como no podía ser de otra forma, los criollos. Incluso, las propiedades sintácticas que distinguen a los últimos de los primeros (recursividad, presencia de categorías nulas, etc.) se habían adelantado ya, de una forma u otra, en Roots of Language.

Por su parte, la relación entre algunos de los postulados de esta obra y la última producción bibliográfica de Bickerton, la especifica el propio autor en el prólogo a la edición de 2016 (pp. vii-x). Ciertamente, no parece que Bickerton siguiera manteniendo en sus últimos años la idea de que todos los criollos –o todas las lenguas que convencionalmente hemos etiquetado como tales– surgen en respuesta a los mecanismos exactos que definió en Roots of Language, ya que, en el mencionado prólogo, insiste en la necesidad de que la investigación presente y futura tome en cuenta un continuum of Creoles (distinto del (post-)Creole continuum) para distinguir entre aquellas lenguas más prototípicamente criollas –las cuales, por tanto, se pueden explicar mejor dentro del modelo bickertoniano– y aquellas más periféricas (más cercanas a lenguas no criollas), haciendo corresponder el primer grupo de lenguas a los plantation Creoles.

Roots of Language comienza planteando la premisa de que los criollos son “lenguas nuevas”, que resultan de una transmisión no continua: si bien no tendría sentido preguntarse, por ejemplo, cuándo “empezó” el castellano (otra cuestión sería la de cuándo comenzó el castellano escrito), es obvio que los criollos sí tienen fecha aproximada de nacimiento. Por ejemplo, sabemos con certeza que el papiamentu y el palenquero no existían a principios del siglo XVII, pero ya hay testimonios –directos, en el caso del papiamentu, metalingüísticos, en el caso del palenquero– de la existencia de ambos criollos en el siglo XVIII, por lo que la segunda mitad del siglo XVII parece una época clave en la gestación de estos dos criollos (los dos únicos criollos ibéricos caribeños, por cierto). Por lo que respecta al criollo hawaiano, mucho más joven, Bickerton maneja la hipótesis de que se formara concretamente entre 1910 y 1920 (p. 11).

Por otra parte, entre las premisas de la obra se cuenta también la idea –una generalización que el tiempo ha puesto de manifiesto que es errónea– de que todos los criollos han de provenir de la nativización de pidgins, así como la idea de que la lengua dominante, esto es, la lengua lexificadora (o “superestrato”, en la tradición de Thomason & Kaufman 1988) no pudo contar con más del 20% de hablantes en la comunidad donde nació el criollo (una cifra que se antoja bastante arbitraria), de modo que debieron ser versiones pidginizadas del superestrato –o, cuando menos, jargons, entendidos como “pre-pidgins” o “highly variable, extremely rudimentary language state[s]”, (p. 8)–, las que sirvieran, en un principio, para la comunicación interétnica: los esclavos de diversa procedencia en las antiguas plantaciones del Caribe en los siglos XVI-XVIII o las comunidades multiétnicas de trabajadores de diversa procedencia en Singapur, Hawái y otras partes en los ss. XIX-XX no habrían tenido otra posibilidad de comunicación que tales variedades aproximativas y rudimentarias del superestrato. Los miembros de la siguiente generación estarían expuestos al pidgin de sus progenitores, que expandirían de manera natural, formando un criollo. Esto no implica, por cierto, que durante la criollización no se aprendieran otras lenguas: en realidad, Bickerton es consciente de que los niños (los hablantes “criollizadores”) crecieron multilingües (pp. 17 y 43), si bien el autor entiende la ventaja social de usar el pidgin (luego criollo) en detrimento de la L1 de los progenitores, que sería válida sólo para la comunicación con un segmento reducido de la naciente sociedad criolla. De hecho, la propia criollización puede estar condicionada desde un principio por la presión de la lengua dominante (presente también después, una vez formado el criollo); incluso, Bickerton llega a sugerir que el influjo del superestrato puede condicionar distintos desarrollos ya desde la fase pidgin (p. 49). En esta línea de argumentación, el autor piensa que el mayor peso del inglés en Hawái, en comparación con la Guyana, pudo ser responsable de las diferencias estructurales entre los criollos resultantes.

Cabe anotar que el planteamiento de que la heterogeneidad étnica y lingüística de las primitivas comunidades criollas (por ejemplo, una plantación azucarera) hiciera necesario el uso del pidgin distaba mucho de ser nuevo, como tampoco lo era la propuesta de que el criollo derivara de alguna manera del pidgin. De hecho, ambas ideas están presentes de manera bastante explícita en Schuchardt (1888: pp. 242 y 251) en relación con la formación de los criollos portugueses africanos de las islas de la Alta y la Baja Guinea. Para el lingüista y romanista alemán, el Jargon –seguramente, más próximo al concepto de pidgin de la bibliografía reciente que al de jargon de Bickerton, al que me referí anteriormente– se define incluso como “das Kreolische im Keim” (‘el criollo en germen’). Además, Schuchardt ya intentó sistematizar las diferencias estructurales entre los Jargons y los criollos, señalando, por ejemplo, que los primeros derivan predominantemente su forma verbal básica de las formas de tercera persona del singular del presente de indicativo de la lengua de superestrato, mientras que los segundos tienden a utilizar las formas del infinitivo. Sin embargo, Schuchardt no llegaba a dar cuenta de tales diferencias o buscaba apenas explicaciones ad hoc para los distintos fenómenos, una situación que, en lo sustancial, no cambiaría hasta mucho después, seguramente, hasta los trabajos de Bickerton. La novedad de Bickerton consistió en dos cuestiones: en primer lugar, en encontrar un escenario lingüístico, donde, aún en su época, se pudieran recoger muestras vivas del pidgin –por ejemplo, en hablantes arribados a Hawái poco después de 1907, la fecha de llegada más antigua en su muestra de informantes– para su comparación con el criollo; y, en segundo lugar, en diseñar un modelo teórico que diera cuenta de las diferencias estructurales del criollo con respecto al pidgin, diferencias motivadas por la activación de un bioprograma, con el que los humanos estamos dotados genéticamente y que impone sus estructuras, cuando el input lingüístico de la lengua meta está muy limitado estructuralmente. Éste es, por cierto, el punto en el que Bickerton discrepa de Chomsky, ya que este último autor, aunque se haya destacado siempre por defender “la pobreza del estímulo” en la adquisición del lenguaje, considera sólo inputs de lenguas que, de hecho, son más ricas que cualquier pidgin. Es sólo en las últimas páginas del libro (pp. 253-259), donde Bickerton se esfuerza por hacer compatible su bioprograma con la Gramática Universal. Por lo demás, se observa que el autor seguía los principios básicos de la sintaxis formal –estructura de constituyentes– e incluso de la sintaxis formal chomskiana –movimientos y existencia de categorías nulas– en el análisis de los diferentes fenómenos lingüísticos.

3. El paso de pidgins a criollos y la actuación del bioprograma

El pidgin está influido parcialmente por las correspondientes L1 de cada grupo étnico (en el caso del pidgin hawaiano, sobre todo, el japonés y las lenguas filipinas) y está caracterizado esencialmente por su simplicidad estructural. En relación con el primer aspecto, la diferencia etnolectal se elimina completamente en los hablantes de criollo (“Even other locally-born persons cannot determine the ethnic background of an H[awaian]C[reole]E[nglish] speaker by his speech alone”, p. 16); ciertamente, los criollos resultantes podrían verse afectados después –y llegar a distinguirse entre sí– por otro tipo de dinámicas sociolingüísticas (en relación con el mayor o menor peso del inglés), pero la ruptura con el trasfondo cultural y lingüístico, esto es, con los sustratos de las primeras generaciones de migrantes es –en la opinión de Bickerton– prácticamente total. En relación con la simplicidad estructural, hay que notar el intento del autor de definir las características estructurales concretas del pidgin: selección de nombres y verbos como clases de palabras fundamentales, ausencia de una marcación estable de las diferencias de tiempo, modo y aspecto, variabilidad en el orden de palabras (si acaso, conforme a un principio organizador básico tema-rema), etc.

Las pruebas que el autor encuentra para demostrar la distancia entre las lenguas de sustrato y de los criollos resultantes son diversas. Por ejemplo, si bien se encontró bastante presencia del orden de palabras sujeto-objeto-verbo (SOV) en el pidgin hawaiano hablado por el grupo japonés, y bastante VSO, en el pidgin hablado por el grupo filipino (como resultado de transferencias del japonés y de lenguas filipinas, respectivamente), los dos órdenes de palabras, SOV y VSO, además de SVO, estuvieron presentes en todos los grupos en mayor o menor medida y, de hecho, incluso el propio  Bickerton admite que incluso los filipinos usaron un poco de SOV y los japoneses un poco de VSO, cuando hablaron el pidgin hawaiano. En el criollo hawaiano, por su parte, se impuso el SVO como orden canónico, de forma que los órdenes SOV y VSO desaparecen, y, además, el cambio de orden de palabras a OSV adquirió una función contrastiva focalizadora, incluyendo, a tenor de varios ejemplos de la p. 19, la de verum focus: “Certainly no creole rule that I know of moves any constituent for any other reason than this” (p. 167). Es interesante observar también que este tipo de focalización, al igual que la de foco interrogativo –un subtipo de foco contrastivo– en interrogativas parciales, no conlleva la inversión verbo-sujeto (OVS) y que esta inversión sintáctica tampoco se manifiesta en interrogativas totales (pp. 164-166); todo ello demuestra que el orden de palabras en criollo hawaiano no puede resultar tampoco del influjo de inglés, donde la inversión verbo-sujeto o auxiliar-sujeto se presenta en algunos contextos como, precisamente, los interrogativos (por ejemplo, “Are you responsible for that?”, “Where has he gone?”, etc.). Si el superestrato (lexifier) no determina el resultado criollo y si, como hemos visto, tampoco lo hace el sustrato, no cabría sino pensar en universales lingüísticos: concretamente, en este caso, en una predisposición genética, que lleva al orden no marcado SVO y a funcionalizar el orden marcado OSV para la focalización.

De hecho, ejemplos como el anterior –entre otros muchos– llevan a Bickerton a mostrarse seguro de la inutilidad de la investigación sustratista, observando que “the Japanese constituted 50 percent of the population of Hawai’i [a principios del siglo XX], yet there is virtually no trace of Japanese influence on H[awaian]C[reole]E[nglish]” (p. 45, nota 2). Con respecto a la afirmación anterior, no obstante, cabría advertir que Bickerton solo atendió a una selección de rasgos sintácticos del criollo y que, tal vez, un japanólogo pudiera haber extraído una conclusión distinta, al comparar el japonés con el criollo hawaiano. La experiencia nos demuestra que la incorporación de expertos en las lenguas de sustrato –siendo la situación por defecto la contraria, en la que tradicionalmente los criollistas provienen de una formación lingüística y filológica en la lengua de superestrato– abre nuevas perspectivas para comprender el origen de las estructuras criollas: por ejemplo, en el caso de los estudios palenqueros de las dos últimas décadas, este hecho se comprueba a través de la figura del africanista Yves Moñino, que ha ofrecido pruebas inequívocas para demostrar, por ejemplo, el origen kikongo de buena parte de las estructuras posesivas o del orden básico S-V-O.Ind.-O.Dir. con verbos ditransitivos.  

Según se expone a lo largo del capítulo 3, el bioprograma (pp. 120 y ss.) determina las primeras fases de adquisición de la L1, cuyos resultados lingüísticos están condicionados por primitivos semánticos universales que establecen ciertos tipos de lexicalizaciones y distinciones estructurales, los cuales se suelen ir modificando o reinterpretando después –en etapas subsiguientes del desarrollo lingüístico– en la dirección de la lengua natural correspondiente, salvo en aquellos casos en los que no existe una lengua meta perfectamente formada (esto es, una meta con reglas estructurales que trasciendan el nivel “protolingüístico”). En estos casos, como cuando el niño se enfrenta a la adquisición de un pidgin, la única posibilidad a su alcance es mantener y seguir desarrollando las estructuras del bioprograma, que finalmente dan forma a los nuevos criollos. Las desviaciones que algunos criollos muestran con respecto al resultado esperable del bioprograma se deberían, según Bickerton, o bien al influjo del superestrato –en este sentido, el efecto estructural de la descriollización se asemejaría al de las segundas fases de adquisición lingüística mencionadas arriba, ya que ambos procesos ocultan las configuraciones semántico-estructurales del bioprograma (p. 168)–, o bien a “cambios lingüísticos internos” en la historia, a menudo multisecular, de cada criollo. Aquellos lectores conocedores de la obra de John McWhorter podrán, en este punto, reconocer una cierta semejanza con las tesis de este último autor –en principio, insospechada, dados los intereses investigativos radicalmente diferentes de ambos autores– sobre todo, en lo que respecta a la consideración de que los criollos son lenguas relativamente simples –pero perfectamente funcionales– por ser nuevas, de apenas unos pocos siglos de antigüedad, a diferencia de otras lenguas naturales (no criollas), las cuales con el paso del tiempo han ido desarrollando redundancias y complejizaciones en unos u otros niveles del lenguaje. Para Bickerton, las lenguas se van elaborando y transmitiendo condicionadas por la evolución cultural, sin que estos cambios tengan tiempo de integrarse en el bioprograma, esto es, en la dotación genética de la especie (“the effects of cultural evolution on language could not be transferred to the gene pool”, p. 255). Recuperando un ejemplo anterior, el inglés se distancia de la información determinada por el bioprograma en tanto en cuanto complica la regla de formación de interrogativas parciales por medio de la inversión verbo-sujeto o auxiliar-sujeto (innecesaria, ya que la marcación de modalidad interrogativa ya venía representada por el movimiento del elemento interrogativo a la primera posición oracional): “the fact that WH-questions are already formally distinguishable from statements could well deter the child from applying what, to him, would be a quite redundant rule [...] Finally, of course, he has to capitulate; the child learning a creole does not” (p. 167).

No me detengo aquí en presentar detalladamente los componentes del bioprograma de Bickerton, que, en todo caso, el autor no presenta necesariamente como un modelo cerrado (esto es obvio en el capítulo 4, dedicado a los orígenes del lenguaje, en el que discute distintas posibilidades sobre cómo jerarquizar los diferentes semantic primes y relacionarlos con otras nociones que permitan dar cuenta de las diferencias en la lexicalización y construccionalización de estas relaciones (pp. 212-221)). Cabe, cuando menos, mencionar las cuatro dicotomías semánticas que, con más claridad, parecen estar programadas genéticamente: específico–no específico, estativo–procesivo, puntual–no puntual, causativo–anticausativo (p. 185). Estas distinciones –incluyendo sus combinaciones y su interactuación con otras distinciones secundarias– dan cuenta de una gran variedad de fenómenos gramaticales. Mientras que, en los criollos y en las primeras etapas de desarrollo de la L1 (pasada la fase protolingüística), hay fenómenos que reflejan directamente estas dicotomías, éstas se encuentran ocultas en muchas lenguas naturales, donde han podido ser completadas o parcialmente sustituidas por otras distinciones. Por ejemplo, en la configuración de los sistemas de determinantes, muchas lenguas no son tan transparentes en mostrar la oposición específico–no específico –que ha perdido terreno frente a la oposición definido-indefinido, adquirida posteriormente– como sucede en los criollos o en las primeras fases del desarrollo lingüístico de los niños. Otro de los muchos ejemplos ilustrativos es el de la adquisición de los afijos verbales evidenciales del turco (p. 143): en una fase temprana de adquisición, los niños utilizan primero estos afijos para vehicular la oposición estativo-procesivo y es sólo más tarde cuando incorporan y terminan imponiendo los valores evidenciales. El dominio de la evidencialidad no está programado genéticamente, a diferencia de la oposición entre estados y eventos dinámicos. No sorprenden entonces la ausencia generalizada de marcadores evidenciales en criollos (“evidential tenses [...] are completely unknown in all Creoles”), ni la importancia de la oposición aspectual procesivo/estativo para el establecimiento de la referencia temporal y la configuración del sistema criollo de marcadores de tiempo, modo, aspecto (TMA): así, por ejemplo, según el APICS (rasgo 51), en más de la mitad de los criollos del mundo, un verbo procesivo sin marcador de TMA se interpreta como pasado, mientras que uno estativo, en las mismas circunstancias, se interpreta como presente.

4. La criollística después de Bickerton. Desarrollo y futuro de la disciplina

La criollística, como se dijo al principio, se ha desarrollado de manera excepcional en las últimas décadas. Todos los paradigmas recientes surgidos dentro de la disciplina han partido de Bickerton o, cuando menos, lo han tenido en cuenta, aunque a menudo fuera sólo para intentar superarlo. Dejando aparte los avances concretos en la descripción estructural, historia, etc., de los criollos particulares, cabe distinguir, en mi opinión, tres paradigmas fundamentales dentro de la investigación criollística general (teórica y/o comparatista):

  1.  el paradigma de los “anti-excepcionalistas”, entre los que destaca Salikoko Mufwene, que parten de la idea de un feature pool con rasgos de diversa procedencia y de una recombinación de éstos, en función de la adaptación de los hablantes al nuevo medio, siendo estos procesos básicos siempre los mismos en toda situación de contacto, ya resulte en criollos o no: lo que puede diferir es el tamaño y diversidad del feature pool, así como la ecología del contacto;
  2.  el paradigma de los filogenetistas, entre los que destaca Peter Bakker, que estudian un gran número de fenómenos lingüísticos en una serie de lenguas criollas y no criollas para determinar la proximidad o lejanía tipológica de los criollos y otras lenguas; es necesario mencionar que, de hecho, los estudios realizados hasta ahora desde esta perspectiva han mostrado una cierta unidad entre los criollos del mundo, que los acerca más entre sí que a sus lenguas contribuyentes;
  3.  el paradigma de aquellos, como el ya mencionado John McWhorter, para los que el contacto lingüístico entre adultos conduce a una simplificación estructural, que da origen a nuevas variedades y –en los casos más extremos– a criollos, los cuales, en tanto que lenguas jóvenes, son (o, mejor dicho, empiezan siendo) más simples que las no criollas; no se niega –ningún paradigma lo hace– que las lenguas criollas sean lenguas nativas (L1), pero, según este enfoque, gran parte de los rasgos característicos de los criollos tendrían lugar ya en las L2 o learner varieties de los adultos, que se transmiten luego a las generaciones siguientes. En este punto, el centro de la discusión giraría en torno al papel sociológico que jugaron los niños –determinante, para Bickerton, pero no así para muchos otros autores– y sus variedades “creativas” dentro de las nacientes comunidades criollófonas.

Dado que, recientemente, los tres autores citados (Mufwene, Bakker, McWhorter) han hecho presentaciones en el marco del ciclo de conferencias ABRALIN ao vivo, organizadas por la Associação Brasileira de Linguística y todas ellas de acceso libre en YouTube, el lector no familiarizado con estos paradigmas tiene la posibilidad de introducirse fácilmente en su estudio. En una segunda fase, el lector podría acudir a Mufwene (2001), Bakker, Borchsenius, Levisen y Sippola (2017) y McWhorter (2011).

Tanto el estudioso de un determinado criollo como el comparatista disponen hoy de descripciones detalladas sobre otros criollos y tienen a su alcance algunos corpus ya publicados, así como una base de datos de gran utilidad, el APICS, que, aunque incluye algunas mixed languages y algunos pidgins, describe mayoritariamente lenguas criollas. Los avances actuales, gracias a esta herramienta, han sido notables (cf. Michaelis 2017). Por otra parte, la investigación actual ha demostrado que algunas premisas de Bickerton no se cumplen en todos los casos: por un lado, en algunos criollos es imposible asumir un estadio anterior de pidgin; por otro lado, no todos los criollos presentan un sustrato heterogéneo, incluso, se han definido algunos two languages Creoles, con un solo sustrato y un solo superestrato, como el Pitcairn English –o Norf’k, en el APICS– y, tal vez, el palenquero. Además, gracias a los avances en la investigación histórica e incluso a las cada vez más frecuentes colaboraciones entre lingüistas y genetistas, se han conseguido identificar inequívocamente los sustratos más importantes de algunos criollos: así, por ejemplo, no siempre estuvo claro –como sí lo está hoy– que el sustrato palenquero es predominantemente kikongo, ni que el sustrato último de los criollos portugueses del Golfo de Guinea es edo, al que se añadió después un adstrato kikongo. Así las cosas, el denominado, despectivamente, “Cafeteria Principle”, que antaño guiaba una parte de la investigación sustratística, parece estar cada vez menos operativo y, en consecuencia, los substratomaniacs de los que hablaba Bickerton (pp. 29, 45-46, 117, etc.) son cada vez menos maníacos y, simplemente, más sustratistas.

A modo de ejemplo –y recuperando una dicotomía semántica ya mencionada–, la distinción procesivo-estativo en palenquero es, como en la gran mayoría de criollos, fundamental para determinar el sistema de marcadores preverbales de TMA, pero la marcación funciona en este criollo de manera opuesta a la tendencia explicada arriba (al final de §3): la presencia del marcador aspectual cumplido4 correspondiente a desencadena la lectura de presente en los verbos estativos (bo a tené ‘tienes’) y la lectura de pasado en los verbos procesivos (bo a kumé ‘comiste’), mientras que su ausencia da lugar a las lecturas contrarias. Esta distribución corresponde casi perfectamente al funcionamiento de los prefijos de aspecto completivo de las lenguas bantúes, que se comportan de manera muy diferente, en este sentido, a otras lenguas Níger-Congo; además, no puede atribuirse a la casualidad el hecho de que las únicas tres lenguas en las que, según el APICS, la marcación funciona de esta precisa manera,  a saber, lingala, ma’a mbugu y palenquero, presenten todas un sustrato exclusivamente bantú (cf. Gutiérrez Maté 2019 y las referencias ahí citadas). En un caso como éste, el influjo sustratístico es evidente; ello no impide, sin embargo, que la dicotomía procesivo-estativo, supuestamente programada genéticamente, se mantenga, aunque se manifieste de una manera diferente a la de la mayoría de criollos.

Es difícil prever cuáles son los desarrollos de la criollística actual que terminarán ofreciendo los mejores resultados. En mi opinión, la identificación y estudio sistemático de las estructuras presentes en determinados criollos, que están, sin embargo, ausentes de sus respectivas lenguas contribuyentes (cf. Michaelis 2017), es la mejor vía para acercarse a los universales lingüísticos actuantes en la criollización, sin olvidar por ello que, en todo caso, los criollos combinarán necesariamente estas estructuras con otras procedentes del sustrato y del superestrato. Por otra parte, la comparación de resultados estructuralmente diferentes, que se originan, sin embargo, por el contacto de unas mismas lenguas contribuyentes en ecologías diferentes es la vía empírica que con más claridad puede distinguir los criollos de otras variedades resultantes del contacto y, así, trazar los límites –cuantitativos y, quizá, cualitativos– del proceso de criollización. En el caso de la ibero-criollística, por ejemplo, destaca el especial interés de comparar el criollo palenquero con las L2 “fosilizadas” del portugués de Cabinda, ya que ambas resultan de combinar un sustrato kikongo con un superestrato iberorrománico (cf. Gutiérrez Maté 2020).

Dentro del panorama internacional de estudios criollos, los dos criollos indudablemente hispánicos, chabacano y palenquero, tendrán, seguramente, un papel destacado. En su día, Granda (1998: 67-68) se quejaba, con razón, de que los estudiosos de criollos y otras variedades reestructuradas extraeuropeas de base inglesa o francesa –estudiosos que desarrollaban también los modelos teóricos más extendidos sobre la formación de criollos– no tenían nunca en cuenta los estudios afro-hispano-americanos; en mi opinión, el problema residía, en realidad, en el hecho de que estos autores no estaban acostumbrados a la consulta regular de bibliografía en español; incluso, no es difícil descubrir este aspecto aún en Mufwene 2001 o en McWhorter 2000, a quien, si algo le llega del pensamiento de Granda, es indirectamente a través de los escritos en inglés de Armin Schwegler. Es justo decir, sin embargo, que la situación ha cambiado parcialmente en la actualidad, no tanto porque el español haya ganado cierta presencia internacional en la bibliografía sobre contactos lingüísticos, sino porque muchos estudiosos de criollos hispánicos escriben a menudo en inglés; poco a poco, en el paradigma científico internacional, se va prestando mayor atención a los criollos hispánicos. Esta tendencia puede apreciarse, por ejemplo, en la publicación de Schwegler, McWhorter y Ströbel (2016), así como en diversos estudios recogidos en Bakker et al. (2017). Será interesante atender al papel exacto de los dos criollos hispánicos en la discusión sobre los aspectos fundamentales de la criollización: por de pronto, no pasa desapercibido que, en sus respectivas conferencias en ABRALIN ao vivo, Mufwene vuelva a dudar del estatus criollo del chabacano5, mientras que McWhorter hable de un Palenquero Challenge –consistiendo tal “desafío” en la explicación de estructuras del criollo que no están en kikongo ni en español–, precisamente, para refutar los postulados anti-excepcionalistas de Mufwene.

El hecho de que, en mayor o menor grado, todos los lingüistas tengan una cierta idea de qué son los pidgins y los criollos, no quiere decir, evidentemente, que vayan a ocuparse de su estudio. Incluso, cabría decir que la marginación social de muchos criollos discurre de manera paralela a su relativa marginación en el medio académico. El problema es complejo y no caben soluciones arbitristas. Sin embargo, creo que, en consonancia con las enseñanzas de Bickerton, no desestimar el estudio de los criollos en relación con los aspectos de mayor calado teórico atingentes a la adquisición del lenguaje es un buen camino para revindicar un papel menos periférico de la criollística en la lingüística contemporánea. Seguramente, otro camino debería seguirse en el caso de las filologías particulares, algo en lo que la galo-romanística ha llevado siempre cierta ventaja: eso es así, sobre todo, por la figura de Robert Chaudenson (1937-2020), muy influyente dentro y fuera de Francia (su huella en Mufwene es evidente, por ejemplo), cuya perspectiva de estudio de los criollos fue la de considerarlos variedades de la lengua lexificadora. Pero se trata de variedades un tanto peculiares, en tanto que consisten en approximations des approximations, como por ejemplo, cuando los esclavos africanos de las plantaciones francesas del Caribe aprendían francés, pero no del colono blanco, sino del capataz, quien, a su vez, hablaba un francés L2 (Chaudenson 2003). Indirectamente, la consideración de este continuo variacional entre el francés y los criollos de base francesa (cf. también Corne 1999) ha tenido la repercusión positiva de que estos últimos no suelen faltar en los planes de estudio de galo-romanística, ni en los congresos de historia del francés, a diferencia de lo que sucede en el caso de los criollos de base hispánica dentro de la hispanística. Sin embargo, resulta innegable que, por ejemplo, estudiar los orígenes del palenquero contribuye a la comprensión de lo que es –y de lo que no es, pero, en otras circunstancias, podría haber sido– el español del Caribe, del mismo modo que estudiar la génesis del chabacano ofrece indirectamente claves valiosas para entender la historia del español de México, lugar de procedencia de gran parte de los colonos hispánicos en las Filipinas. Dado que estos caminos –y otros por los que, en relación con los tres paradigmas científicos enunciados al principio de este apartado, transitan los criollistas– conducen a un mismo lugar, esto es, al desarrollo y a la mayor centralidad de la disciplina; no se entiende fácilmente el empeño constante de algunos criollistas en mostrar cómo unos caminos excluyen a los otros.

Referencias bibliográficas

Bakker, Peter. 2020. The Birth of New Languages in Multilingual Situations. Ciclo de conferencias ABraLin ao vivo, 7.6.2020: https://www.youtube.com/watch?v=24z_W1ty1Ts&t=14s (consultado el 21.9.2020)

Bakker, Peter; Borchsenius, Finn; Levisen, Carsten; Sippola, Eeva, eds. 2017. Creole Studies. Phylogenetic Approaches. Amsterdam / Philadelphia: John Benjamins.

Bickerton, Derek; Escalante, Aquiles. 1970. Palenquero: A Spanish-based Crole of Northern Colombia. Lingua 24, pp. 254-267.

Bickerton, Derek. 1975. Dynamics of a Creole System. Cambidge: Cambridge University Press.

Bickerton, Derek. 1990. Language and Species. Chicago: University of Chicago Press.

Bickerton, Derek. 2002. Sobre los pretendidos portuguesismos de la lengua palenquera. En Y. Moñino y A. Schwegler, eds. Palenque, Cartagena y Afro-Caribe: Historia y lengua. Tübingen: Niemeyer, pp. 35-42.

Chaudenson, Robert. 2003. La créolisation : théorie, applications, implications. Paris: L’Harmattan.

Corne, Chris. 1999. From French to Creole. The development of new vernaculars in the French colonial world. London: University of Westminster Press.

Granda, Germán de. 1968. La tipología «criolla» de dos hablas del área lingüística hispánica. Thesaurus 23.2, pp. 193-205.

Granda, Germán de. 1998. Estudios sobre el español caribeño (1985-1995): resumen y evaluación de resultados. En M. Perl y A. Schwegler, eds. América negra: panorámica actual de los estudios lingüísticos sobre variedades hispanas, portuguesas y criollas. Madrid / Frankfurt: Iberoamericana / Vervuert, pp. 62-69.

Gutiérrez Maté, Miguel. 2019. Aspectualidad completiva en el criollo palenquero. Conferencia presentada en la 19a. Conferência Anual da Associação de Crioulos de Base Lexical Portuguesa e Espanhola (Lisboa, 17-19 junio de 2019).

Gutiérrez Maté, Miguel. 2020. De Palenque a Cabinda: un paso necesario para los estudios afro-iberorrománicos y criollos. En G. Knauer, A. Ortiz Wallner y I. Phaf-Rheinberger, eds. Mundos caribeños – Caribbean Worlds – Mondes Caribéens. Madrid / Frankfurt: Iberoamericana / Vervuert, pp. 105-138.

McWhorter, John. 2000. The Missing Spanish Creoles. Recovering the Birth of Plantation Contact Languages. Berkeley y Los Angeles: University of California Press.

McWhorter, John. 2011. Linguistic Simplicity and Complexity. Why do languages undress? Berlin: De Gruyter.

McWhorter, John. 2020. What adults do to language and how they create new ones. Ciclo de conferencias ABraLin ao vivo, 10.7.2020: https://www.youtube.com/watch?v=z17HjgG8mbo (consultado el 21.9.2020)

Michaelis, Susanne Maria; Maurer, Philippe; Haspelmath, Martin; Huber, Magnus, eds. 2013. Atlas of Pidgin and Creole Language Structures Online:

https://apics-online.info/ (consultado el 21.9.2020)

Michaelis, Susanne Maria. 2017. Avoiding bias in comparative creole studies: Stratification by lexifier and substrate. Zenodo: http://doi.org/10.5281/zenodo.1255790  (consultado el 21.9.2020)

Moñino, Yves. 2017. Past, present and future of Palenquero Creole. En A. Schwegler, B. Kirschen y G. Maglia, eds. Orality, Identity and Resistance in Palenque (Colombia): An Interdisciplinary Approach. Amsterdam / Philadelphia: John Benjamins, pp. 15-56.

Mufwene, Salikoko. 2001. The Ecology of Language Evolution. Cambridge: Cambridge University Press.

Mufwene, Salikoko. 2020. How Pidgins Emerged? Not as we have been told. Ciclo de conferencias ABraLin ao vivo, 7.5.2020: https://www.youtube.com/watch?v=9nsTHFxq-9w&t=3822s (consultado el 21.9.2020)

Schuchardt, Hugo. 1888. Beiträge zur Kenntnis des kreolischen Romanisch I. Allgemeineres über das Negerportugiesische. Zeitschrift für romanische Philologie 12, pp. 242-254.

Schwegler, Armin; McWhorter, John; Ströbel, Liane, eds. 2016. The Iberian Challenge: Creole languages beyond the plantation setting. Madrid / Frankfurt: Iberoamericana / Vervuert.

Schwegler, Armin. 2000. The myth of decreolization: The anomalous case of Palenquero. En I. Neumann-Holzschuh y E. Schneider, eds. Degrees of Restructuring in Creole Languages. Amsterdam/Philadelphia: John Benjamins, pp. 409–436.


Notas

1 Roots of Language fue una de mis primeras lecturas de tema criollístico. Recuerdo que llegué a esta obra en el contexto de sendos seminarios con la Prof.a Teresa Solias, buena conocedora de la obra de Bickerton, y con el ya desaparecido Germán de Granda (1932-2008), en la Universidad de Valladolid. Dado que este último autor se refirió varias veces críticamente a la hipótesis del bioprograma en sus escritos, es justo decir que, desde un principio, fui consciente de algunas luces y sombras de esta hipótesis. Por lo que respecta a Hawái, ésta fue la primera comunidad criollófona que visité en mi vida. En ella me llamaron la atención las dinámicas sociales de la convivencia entre las tres lenguas de la región: el inglés (lengua oficial, hablada por toda la población, incluyendo muchos monolingües), el criollo haitiano (~700.000 hablantes, según el APICS) y el hawaiano, la lengua polinésica autóctona (“severely endangered”, según Glottolog. Pues bien, si uno atiende al “paisaje lingüístico” y a otras formas de presencia pública de las dos lenguas no oficiales, es la lengua indígena minoritaria y no el criollo mayoritario la que gana claramente la partida. Así, por ejemplo, en la isla de Oahu, solo encontré elementos visibles del criollo en dos pequeños letreros a la puerta de los sanitarios de un centro cultural en la zona de North Shore, donde se indicaba “braddahs” para el uso por hombres y “sistahs” para el uso por mujeres; aún así, estos letreros se encontraban debajo de otros de mucho mayor tamaño, donde se decía, respectivamente, “kane” y “wahine” (las palabras para ‘hombre’ y ‘mujer’ en la lengua polinésica). La disposición física y el tamaño de los letreros tiene un cierto valor simbólico sobre el estatus social de las lenguas implicadas, donde aparece, por cierto, una estereotipación del criollo, ya que, de hecho, “kane” y “wahine” entraron efectivamente en el criollo, mientras que “braddahs” y “sistahs” son más propias de variedades acrolectales –o de imitaciones del inglés hawaiano con sustrato criollo–. Siendo en sí muy positivo el fomento de las lenguas indígenas, podría parecer entonces que, en la construcción colectiva de identidades regionales o nacionales, resulta difícil encontrar espacio para más de una lengua y cultura autóctonas. No obstante, sospecho que el factor determinante en estos casos, como en otros muchos, es el estigma social de muchos criollos, aún en la actualidad, de ser “variantes corruptas” de la lengua dominante. Esta situación es común a muchas comunidades criollófonas: por citar otro caso especial con tres lenguas, en la ciudad de Manado, conviven el indonesio –bahasa Indonesia–, el tombulu (minahasa) –la lengua austronésica autóctona de la región, muy minoritaria en la ciudad–, y el criollo manadonés –bahasa Manado–, de tal manera que este último es la lengua oral predominante en todos los estratos sociales, pero está relegada de las funciones públicas por el indonesio y marginada en la enseñanza escolar de lengua regional o “Muatan Lokal” (contenido local) frente al tombulu.

2 Este trabajo es especialmente meritorio, en tanto que viene a ser, junto con el artículo de Granda (1968), quien se basó sobre todo en las notas recogidas por J. J. Montes para el ALEC, uno de los trabajos fundacionales de la lingüística palenquera.

3 Según fecha de conferencia; la publicación se demoró hasta 1971.

4 Utilizo el término como traducción del francés “aspect accompli” o del inglés “completed aspect”.

5 Agradezco a Mauro Fernández el haberme llamado la atención sobre este aspecto de la conferencia de Mufwene (61’), que me pasó inadvertido en el primer visionado.