ReseñaInfoling 4.25 (2020)

Reseña - Sección dirigida por Yvette BürkiInfoling 4.25 (2020)

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José Luis Ramírez Luengo (Universidad de Querétaro). Reseña de Andrade, Luis; Ezcurra, Álvaro; Garatea, Carlos. 2019. Léxico y contacto de lenguas en los Andes. Berlin: Peter Lang. Infoling 4.25 (2020) <http://infoling.org/informacion/Review484.html>

No sorprende, a la vista de la notabilísima complejidad que caracteriza histórica y actualmente a la zona de los Andes, que esta extensa área geográfica haya resultado de especial interés para los investigadores, algo que se refleja de manera clara en la multitud de trabajos que, desde perspectivas y enfoques muy variados, pretenden describir la realidad cultural y lingüística de la región. Por lo que se refiere a este último apartado, los estudios sobre las lenguas prehispánicas –y muy especialmente sobre el quechua y el aimara (a manera de ejemplo, Cerrón-Palomino 2013, Crevels y Muysken 2009)– se acompañan de otros que se centran en describir las principales características, sincrónicas y diacrónicas, de lo que se ha dado en llamar español andino1, muy especialmente las morfosintácticas, pero también las fónicas y las léxicas (Calvo 2005, Caravedo 1992, 1996-7, Coello Vila 2007, García Tesoro 2013, Godenzzi 1994, 2009, 2010, Haboud 2005, Mendoza Quiroga 1992, Risco 2018, Rivarola 1988, 1996-7).

Así pues, se podría pensar que el volumen reseñado en estas páginas no es sino uno más sobre este español andino, si bien considerarlo así sería un clarísimo error que de ninguna manera haría justicia a la amplitud y a los méritos que el trabajo encierra. Y esos méritos que se acaban de mencionar son, al menos, tres: a) la aparición en sus páginas de una zona muy extensa que va más allá de lo que de forma general se considera en estos estudios –muchas veces reducidos a los Andes peruanos y bolivianos–, al incorporar capítulos puntuales sobre la sierra ecuatoriana e incluso las provincias costeras de este país; b) la perspectiva pluridisciplinar, que se pone en evidencia en la presencia de análisis lingüísticos2, pero también acercamientos historiográficos o de naturaleza etnográfica; y c) la atención prestada no solo al español y a los dos idiomas regionales mayoritarios, quechua y aimara, sino también a otros presentes históricamente en el amplio territorio andino, tales como el puquina, el esmeraldeño, el culle o las lenguas tallanes. Súmese a esto, además, el acierto de haber dedicado el volumen a la indagación acerca del léxico, quizá uno de los niveles lingüísticos que más han desatendido los investigadores, y todo ello hará posible entender no solo lo necesario de un trabajo como el presente, sino también, y muy especialmente, su relevancia para todos aquellos que se interesan por la situación lingüística andina.

Pasando a la organización del libro en sí, este se compone de trece capítulos que se distribuyen en tres secciones temáticamente homogéneas: la primera, denominada Historias del contacto léxico: encuentros y desencuentros, se dedica a analizar los resultados producidos en el vocabulario del español a partir de la estrecha convivencia de esta lengua con aquellas propias de la región andina, mientras que la segunda, Léxico y contacto en el estudio de las lenguas extintas, se centra –con notable éxito– en el estudio y la reconstrucción de determinadas características de idiomas ya desaparecidos (el puquina, el esmeraldeño o las lenguas tallanes entre otras) a partir de las huellas que han dejado en fuentes muy diversas, tales como obras de carácter lingüístico, la toponimia o incluso la variedad de español de sus respectivas regiones; por su parte, la tercera de ellas –que lleva por nombre De los vocabularios coloniales al DRAE: categorías y subjetividades– adquiere un perfil si no total, al menos mayoritariamente historiográfico, y se centra en analizar cuestiones muy variadas en un conjunto de obras lexicográficas que se extienden desde los principales diccionarios coloniales dedicados al quechua hasta el Diccionario de la Real Academia Española, pasando, por supuesto, por el Diccionario de Peruanismos de Juan de Arona.

Por lo que se refiere a la primera sección, se abre con un estudio de Luis Fernando Lara (“El contacto lingüístico en la historia de los léxicos del español en América”; pp. 17-31) en el que pretende poner de relieve la importancia del contacto entre lenguas a la hora de comprender de manera más certera los resultados que actualmente se registran en el léxico americano; con este propósito, cifra en siete los procesos que se producen a partir de este fenómeno (p. 21), los cuales se pueden agrupar en tres: a) incorporación, en estos idiomas, de vocablos tomados de otro(s); b) modificación semántica del léxico de las lenguas implicadas por la influencia de otra(s); c) procesos de lexicogenia en un  sistema lingüístico para referirse a los nuevos referentes. A partir de aquí, las siguientes páginas sirven para ejemplificar, especialmente con el caso mexicano, tales procesos, así como para señalar cuestiones aún poco atendidas por los investigadores –como, por ejemplo, “la influencia de la semántica de las lenguas amerindias de México sobre el español” (p. 27), o “la formación de nuestros vocabularios políticos y jurídicos” y “las influencias diferentes del inglés en los vocabularios del ferrocarril y de otras industrias” (p. 29)–, todo lo cual esboza un auténtico programa de trabajo que sin duda será necesario explorar en el futuro si se pretende comprender mejor la historia léxica del español americano, y cuyos potenciales resultados, de hecho, son ejemplificados por los cuatro estudios que, incidiendo en algunos de los puntos mencionados por el profesor mexicano, componen el resto de la sección.

En primer lugar, tanto Raúl Bendezú-Araujo (“Aspectos semánticos e históricos del vocablo <camayoc> en el periodo colonial temprano”; pp. 33-53) como Luis Fernando Rubio (“Yanayaco, yanacona, yanakuna: el camino de una voz del español del Perú”; pp. 55-75) desarrollan análisis puntuales dedicados a la historia de dos vocablos presentes en la diacronía del español peruano que tienen su origen en el quechua. Por lo que se refiere a camayoc, vocablo presente en gramáticas y diccionarios quechuas de los siglos XVI y XVII, el detallado estudio del primer investigador sobre fondos coloniales de naturaleza muy diversa le permite precisar el significado de este elemento tanto en quechua prehispánico como en quechua y español colonial, y a partir de aquí trazar una evolución significativa que va desde ‘responsabilidad otorgada’ o ‘dedicación a cierta actividad’ hasta valores mucho más específicos –en concreto ‘persona encargada de una parcela de cultivo’–, que es el que presenta en el español hasta su desaparición a mediados del siglo XVII (pp. 51-52). Por su parte, Rubio se propone “establecer un estudio esquematizado de cuáles fueron los espacios temporales y textuales en los que yanacona habría concretado su significado en español” (p. 55), para lo cual analiza la significación que presenta este elemento en diversos cronistas coloniales y en la documentación administrativa de esta época, así como los valores precisos que adquiere en los siglos XIX y XX, todo lo cual le permite trazar la evolución semántica de este vocablo y –más interesante aún– la relación que se establece entre esta y las transformaciones que experimenta la sociedad peruana entre los siglos XVI y XX.

También centrados en la relación existente entre léxico y sociedad, los dos últimos trabajos de esta sección se dedican a la figura de Santiago Illapa, resultado de la identificación que se produce en el área andina entre el santo católico y la deidad autóctona. De este modo, Eva Stoll (“Santiago e Illapa en los Andes: encuentros y confrontaciones”; pp. 77-98) se interroga acerca de los “factores que favorecieron este proceso de confluencia que continúa vigente hasta hoy en día” (p. 78), para lo cual señala las coincidencias existentes entre ambas figuras –ambas son “figuras guerreras y se asocian con el rayo”, además de ser “responsables del tiempo atmosférico, de los frutos del campo y de la cosecha, y tienen su fiesta principal en julio” (p. 83)– y analiza su representación en textos coloniales tan dispares como, entre otras, las crónicas de Cieza de León y Betanzos o las obras del Inca Garcilaso y Guamán Poma de Ayala. Todo este análisis lleva a la autora a interpretar la fusión de ambas figuras como “un sincretismo espontáneo que parte de la población misma” (p. 94) y que da como resultado la figura de origen dual Santiago Illapa.

Como complemento a lo anterior, Gabriel Martínez Vera (“Santiago Illapa: el caso de la Corónica de Guamán Poma”; pp. 99-112) se centra en los usos que presenta este personaje en la obra del bilingüe Poma de Ayala, para lo cual analiza las apariciones textuales de Santiago Apóstol y Santiago Illapa en sus páginas; esto le permite concluir no solo que existen diferencias fundamentales entre ambos en lo que se refiere a sus rasgos identificadores, sino también que la figura sincrética “recoge la dimensión bélica de la caracterización de Santiago y la dimensión terrible de Illapa”, dando así lugar a una nueva realidad que se erige como “una deidad (...) a la que los indios rinden culto” (p. 110) y que, en definitiva, no supone sino una muestra del profundo mestizaje que, en todos los ámbitos, se produce a resultas del contacto entre las culturas autóctonas y la importada de Europa.  

Frente a esta primera sección, donde el español tiene el papel más destacado, la segunda se dedica, según se indicó, a la descripción de algunas lenguas andinas ya desaparecidas por medio del análisis de los vestigios que han dejado en una multiplicidad de fuentes muy variadas –tales como la toponimia, diversas obras de carácter más o menos lingüístico, el español regional o incluso determinados campos léxicos específicos–, mostrando así posibles líneas de trabajo que sin duda será necesario investigar con calma en el futuro.

En el primero de los estudios (“De cómo la onomástica puede ayudar a enriquecer el conocimiento de la gramática de una lengua muerte o pobremente documentada: el caso del puquina”; pp. 115-150), Rodolfo Cerrón-Palomino describe y estudia una serie de radicales léxicos y elementos morfosintácticos del puquina gracias al análisis de la toponimia de este origen que se mantiene hasta la actualidad en diversas zonas geográficas que actualmente corresponden a Chile, Perú y Bolivia. De este modo, las primeras páginas (pp. 115-121) presentan una detalladísima revisión de la situación lingüística regional durante la época prehispánica y colonial, así como del proceso de desplazamiento y desaparición que experimenta este idioma, lo que se acompaña de una descripción de las escasas fuentes que existen del mismo; ante tal situación, claramente insatisfactoria, el autor señala otros materiales de estudio entre los cuales destaca la toponimia, que le permite no solo establecer la zona de empleo del puquina, sino también “revisar el inventario fonológico postulado” y “proponer elementos gramaticales que no asoman en los textos”, así como detectar “algunos procesos fonológicos propios de la lengua” y “sufijos derivativos que se empleaban en la formación de los nombres de lugar” (p. 124). A partir, pues, de este análisis, no solo se produce un notable enriquecimiento del conocimiento existente hasta ahora de la estructura de esta lengua, sino que además es posible extraer una serie de conclusiones de carácter histórico-cultural de gran relevancia3, todo lo cual demuestra –en palabras del propio autor (p. 145)– que “la onomástica constituye una fuente no desdeñable a los efectos del conocimiento de una lengua escasamente documentada como la puquina”.

Pasando ahora al Ecuador, Jorge Gómez Rendón dedica su estudio (“El palimpsesto esmeraldeño. Tejidos de léxico, tejidos de historia”; pp. 151-183) al esmeraldeño, que considera muestra de “un intenso y abigarrado proceso de contacto multiétnico que involucró a indígenas, afrodescendientes y españoles” y “pieza clave del rompecabezas etnolingüístico de la costa norte del Ecuador y del piedemonte andino occidental antes de la conquista castellana” (p. 151). Así las cosas, el autor comienza por describir la fascinante historia de los hablantes de este idioma, que experimentan un proceso de etnogénesis –entendida como “el proceso mediante el cual un grupo de seres humanos pasa a ser considerado como étnicamente distinto de sus componentes socioculturales originarios” (p. 155), y esto le permite postular que se trata “de una lengua que tiene, en lo que respecta a su estructura y su vocabulario, varias lenguas en su origen” (p. 157); a partir de aquí, el artículo pretende demostrar la tesis que se acaba de exponer por medio de su caracterización tipológica en relación con otros idiomas vecinos y del análisis del léxico presente en el corpus Pallares-Wolf, en el que el estudioso detecta, junto a vocablos propios, otros tomados del español, del quichua, de diferentes lenguas amerindias (barbacoanas, chocoanas o mesoamericanas) y de distintos sistemas lingüísticos africanos, en un claro reflejo de la diversidad de orígenes que dan lugar al esmeraldeño.

Desde una perspectiva diferente, Rosaleen Howard (“¿Por qué nos roban nuestros fonemas? Sobrevivencia de la lengua cañari en el imaginario sociopolítico indígena (Ecuador)”; pp. 185-202) se propone analizar las huellas del cañari de la sierra sur ecuatoriana mediante el análisis no solo de los hechos de sustrato que se registran en el quechua y el español de la región, sino también –y ahí la novedad– de “los criterios ideológicos que hacen que la sobrevivencia de la lengua preincaica adquiera una importancia política –en tanto dimensión del imaginario indígena– en la actualidad” (p. 185). Con este propósito, la autora comienza por explicar la historia de esta idioma y del pueblo que la hablaba, para proceder posteriormente a detectar, con base en el léxico de probable origen cañari que aparece en dos obras de carácter lingüístico de 1892 y 1923, algunos fonemas propios de esta lengua; es a partir de aquí, precisamente, cuando se pasa a la segunda de las cuestiones, que se centra –en el contexto de creación de un estándar para el quichua– en la representación de tales fonemas en la escritura de la variante regional, alertando de que “los procesos de unificación del quichua escrito encaminados en el Ecuador pueden borrar la historia e identidad lingüística propias de un lugar como Cañar” (p. 200).

Por su parte, Carlos Arrizabalaga (“Realidad y ficción del castellano en contacto con las lenguas tallanes”; pp. 201-221) busca los restos de las lenguas tallanes en el español regional de la zona de Piura: con este propósito, tras constatar los escasos datos existentes acerca de estas lenguas en la documentación hispánica y lo exiguo de las fuentes con que se cuenta para su estudio, señala que “en la costa norte del Perú existe un significativo número de vocablos probablemente tallanes” (p. 209), y no solo examina la etimología de algunos de ellos, sino que también discute la distribución diatópica de otros, factores todos que le permiten distinguir los auténticamente autóctonos (macanche, colambo, yucún) de otros hispánicos considerados como tales (chifle, churre); finalmente, el trabajo se cierra con un análisis de los supuestos tallanismos onomásticos que apunta Yarlequé Espinoza a principios del siglo XX, los cuales, si bien suponen según Arrizabalaga una “superchería fabulosa” (p. 213), tienen su interés histórico por representar “la expresión de una época”, dado que “desde inicios del siglo XX la toponimia era una ciencia muy popular” (p. 216), tal y como pone de evidencia la invención del supuesto listado tallán.  

Por último, esta segunda sección se cierra con el estudio de Gabriel Ramón Joffré y Luis Andrade Ciudad (“Léxico y saber artesanal: alfarería y textilería en los Andres norperuanos”; pp. 223-252), que se dedica a los indigenismos presentes en lo que se suele denominar léxico cultural, en este caso el vocabulario de la alfarería y la textilería; de este modo, y desde una perspectiva claramente interdisciplinar, las preguntas que pretenden responder los autores son fundamentalmente tres: a) si contrastan la alfarería y la textilería en cuanto a la presencia de indigenismos; b) a qué se debe esta diferencia; y c) si “es posible relacionar la distribución y la diversidad de las técnicas alfareras y textiles con el estudio de los sustratos lingüísticos indígenas” de la región (p. 224). Con estos propósitos en mente, y tras revisar cuidadosamente lo que se conoce sobre la historia lingüística de la región y explicar las técnicas alfareras locales, la investigación se centra en el léxico del telar, cuyos elementos fundamentales (saj, putig, shongo; kallwa, quichañe) se analizan en profundidad; esto no solo permite sostener a los estudiosos peruanos que “la relación entre la terminología indígena del telar de cintura y los antiguos sustratos idiomáticos de los Andes norteños se puede postular de forma parcial” –en concreto “entre la región culle y el sur de Cajamarca tomado como un conjunto, pero no en el interior de esta última zona”–, y que es posible “aislar un stock léxico correspondiente al sustrato culle de un sustrato cajamarquino” que “va de la mano con el planteamiento de que existió por lo menos un sustrato indígena distinto del culle y del quechua en el sur de Cajamarca” (pp. 248-249), sino también, y sobre todo, demuestra de forma fehaciente el interés y los excelentes resultados que ofrecen estudios interdisciplinares como este.

Pasando ahora a la tercera sección, esta se caracteriza por su corte historiográfico y por el empleo de obras de carácter lexicográfico como corpus de trabajo, si bien tanto estas como los objetivos perseguidos presentan diferencias muy notables que es necesario señalar. Así, el primero de los análisis (“Categorías nominales en la lexicografía colonial del quechua: género, número, diminutivización”; pp. 255-275), firmado por Roland Schmidt-Riese, está dedicado al tratamiento de las tres categorías gramaticales apuntadas en el título en un corpus formado por los diccionarios quechuas de la época colonial; a partir de su análisis, el autor concluye que en el corpus seleccionado “nos encontramos con una lematización asombrosamente flexible cuando es comparada con la práctica lexicográfica actual” en la que “el intento de los autores parece ser adecuar los lemas a los conceptos que suponen lexicalizados en la lengua meta” (p. 272), algo que se refleja, por ejemplo, en el hecho de que los lexicógrafos coloniales “intentan rastrear en quechua la categoría de género (...) rescatándola incluso en conceptos referentes a [–humanos]” o que “la categoría de la diminutivización tenga cierto alcance en la lematización y en el desarrollo de las entradas” (p. 273), es decir, en cuestiones que sin duda será necesario contextualizar más adelante comparando estos resultados con los que se obtengan de las obras dedicadas a otras lenguas amerindias e incluso de aquellas que, en el mismo periodo, se centran en el español.

Para lo que se refiere al siglo XIX, José Carlos Huisa Téllez se interroga en su capítulo (“La lexicografía hispanoamericana decimonónica como corpus para el estudio del léxico americano: el caso de Juan de Arona”; pp. 277-292) sobre el interés del Diccionario de Peruanismos de Arona a la hora de investigar la historia léxica del Perú; con el objetivo de responder esta pregunta, comienza por analizar algunas de las características fundamentales de esta obra (su fuerte elemento castizo o la presencia de indigenismos, entre otras) y lo que el autor denomina conciencia de variación, todo lo cual lo lleva a concluir que los diccionarios decimonónicos –y el de Arona en particular– “para el estudio del uso real del léxico americano de la época en cuestión no resultan ser fuentes del todo adecuadas, porque presentan un panorama fuertemente mediatizado”, por lo que propugna “una vuelta a fuentes originales y directas” (p. 288), avalando así los trabajos de edición textual y preparación de corpus que se están desarrollando en el momento actual en múltiples universidades del mundo hispánico.

Finalmente, el último capítulo del volumen se dedica al Diccionario de la Real Academia Española, y en él Piero Costa León (“Reconocimiento de marcas de enunciación subjetiva: el caso de las voces nativas andinas en los diccionarios de la Real Academia Española”; pp. 293-311) analiza la presencia de la subjetividad en la definición de diferentes indigenismos originarios de los Andes. Para ello, el autor defiende una postura consustancionalista del signo lingüístico4 y, a partir de ella, entiende la subjetividad en ese contexto específico como “todo dominio de manifestación exclusiva e inicialmente individual que no llega a recoger de manera efectiva el significado que un vocablo tiene, de manera general, para el conjunto de hablantes” (p. 299); con este marco teórico, procede a examinar las marcas de tal subjetividad que encuentra en las definiciones de coca y puma ofrecidas por los distintos diccionarios académicos –desde Autoridades hasta el DRAE de 1992–, y concluye que existen ciertos aspectos técnicos de estas “que deben ser especialmente evitados, a fin de ofrecer al lector una aproximación al significado del vocablo que resulte (...) más neutral y capaz de ser compartida por diversos grupos de  hablantes de la lengua” (p. 309), algo que, en el fondo, no es sino un imperativo derivado del “compromiso social que debe cumplirse para con el hablante a través del diccionario” (p. 310).

En definitiva, no cabe duda de que por motivos tan diferentes como la amplitud de temas investigados, la escasa atención que en ocasiones han despertado tales temas y, en consecuencia, las abundantes líneas de trabajo que esboza a futuro, este volumen supone una aportación de gran relevancia para todos aquellos que se interesan por la situación lingüística que existe hoy –y existía en el pasado– en la amplia y compleja región andina; se trata, por tanto, de un libro que no se agota en sí mismo, sino que, muy al contrario, supone un punto de arranque para nuevas y fecundas investigaciones, lo que sin duda constituye la característica más importante a la que puede aspirar un trabajo científico.

Referencias bibliográficas

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Cerrón-Palomino, Rodolfo. 2013. Las lenguas de los incas: el puquina, el aimara y el quechua. Frankfurt: Peter Lang.

Coello Vila, Carlos. 2007. Lenguas en contacto en el área andina. Boletín de Filología de la Universidad de Chile 42: 37-50.

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Notas

1 Entendido, en palabras de Rivarola (2000: 13), como las variedades empleadas “en las áreas propiamente andinas (en contraposición a las costeñas o a las amazónicas) de estas repúblicas [= Perú, Bolivia, Ecuador] (pero también en el noroeste de Argentina), áreas en las cuales el español ha convivido secularmente, y en parte convive aún hoy, con los idiomas indígenas mayores, a saber, el quechua y el aimara”, y más concretamente “no solo la variedad regional de hablantes nativos de esta lengua sino también la de hablantes bilingües que tienen como primera lengua uno de los idiomas indígenas mencionados y cuya competencia puede ser muy diversa” (Rivarola, 2000: 14); por supuesto, no todos los investigadores entienden este concepto de la misma manera.

2 Y dentro de estos, sobre léxico, historia conceptual, onomástica o fonología, por citar solo algunas de las temáticas recogidas.

3 Tales como, entre otras, su identificación como la lengua de la civilización de Tiahuanaco o la refutación de la tesis del aimarismo primitivo de la zona altiplánica.

4 Para la cual “el significado se encuentra en la lengua, en el uso de la misma, y no en los referentes del mundo que suscitan las relaciones de denominación que un objeto extiende con una palabra” (p. 296).



Fecha de publicación en Infoling:2020-04-16
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