Reseña

Alexandra Álvarez Muro. Reseña de Rebeca Barriga; Pedro Martín. 2010. Historia sociolingüística de México. Vol. I: México prehispánico y colonial. México: El Colegio de México. Infoling 11.44 (2012) <http://infoling.org/informacion/Review78.html>

Esta monumental obra del Colegio de México, dirigida por dos conocidos lingüistas del ámbito hispánico y en el que han contribuido especialistas de renombre es, sin duda, un hito tanto para la historiografía del español, como de la sociolingüística. El libro consta de dos volúmenes y de un total de 1328 páginas.

El Tomo I está dedicado al México prehispánico y colonial y consta de doce capítulos que, en su casi totalidad, son de un altísimo nivel científico e investigativo. Termina en la página 696. Este tomo sobre la época prehispánica y el contacto con la lengua de los conquistadores pone de relieve nuevamente temas como el insólito contacto cultural que se produjo tras la “catástrofe” de la invasión española, el grado de refinamiento del náhuatl y sus hablantes, el empeño interesado o no de los frailes en el estudio de las lenguas indígenas, la extraordinaria labor de los intérpretes y, sobretodo, la discusión sobre el derecho al respeto y conservación de las lenguas minoritarias. También es una alerta contra el anacronismo al juzgar lo ocurrido hace quinientos años con los ojos de la aldea global. Nos hace recordar que, en América Latina, las lenguas indígenas no son todavía ni lenguas oficiales en todos los países donde perviven, ni objeto de estudio en todas sus universidades. El volumen es de consulta obligada para docentes e investigadores, y una lectura fascinante para los interesados en el tema.

El primer volumen de la Historia Sociolingüística de México va precedido de un prefacio de los directores de la obra. En él se exponen claramente las metas y procedimientos de este trabajo conjunto que tardó tres años en completarse. Se trata de “narrar las relaciones lingüísticas entre hablantes” (p. 19), no solo de una historia de la lengua, por lo que su punto de vista es sociolingüístico. Ofrecen, por lo tanto, dedicar más espacio a los temas más recientes, y abordan aspectos generales y particulares para permitir un flujo de vasos comunicantes entre los diversos capítulos. El prefacio hace un resumen explicativo de los capítulos de la obra y anuncia un tercer volumen en el que se tratarán algunos problemas contemporáneos dejados fuera.

En el prólogo, Francisco Moreno Fernández delimita el alcance de la obra en tres elementos: en primer lugar, en la sociedad del Estado llamado México, en segundo lugar, en las lenguas: el español o castellano, y las habladas dentro de esos límites administrativos, en tercer lugar, en el lapso de tiempo comprendido entre el de las culturas originarias más remotas hasta el día de hoy. Estudia las interrelaciones entre los estudios históricos y los lingüísticos en lo que llama el giro lingüístico de la historia, una relación que se vio poco anteriormente pero que tiene sus raíces en sus bases discursivas y en su dimensión social, así como en el estudio de la historia interna de una lengua y de las circunstancias que conducen al cambio. Entiende la presente obra como una confluencia de caminos desde el punto de vista epistemológico, que se centra en un solo objeto y donde cada uno de los autores estudia un problema desde una visión específica. Hace hincapié en la importancia de la obra para la lingüística mexicana y centroamericana y en la posibilidad de replicarla en otros territorios.

Pedro Martín Butragueño dedica el primer capítulo del libro a la “Perspectiva sociolingüística de la historia”, y a discutir los límites y posibilidades de la obra. La meta principal es, según el autor, la de “narrar las relaciones lingüísticas entre hablantes en el espacio histórico y geográfico al que llamamos México” (p. 42). La gran dificultad es la falta de antecedentes en el país, la complejidad y variedad de los temas y las lagunas de información existentes. Sitúa la obra en la sociolingüística en su sentido amplio o interdisciplinar, que focaliza en una variedad de temas, en contraposición al sentido estricto, que implica fijarse propiamente en el sistema lingüístico. El autor explica que sociolingüística es para él, ante todo, el estudio del modo en que los hablantes encaran sus necesidades comunicativas y lo relevante es que la historia se centra en los hablantes, que son “hablantes interesados”, porque sacan provecho de su interacción con otros, aunque no de manera consciente. El autor pasa a recordar los principios sobre los cuales se basa el trabajo sociolingüístico, como el principio de uniformidad, que no es otra cosa que la transferencia al pasado de los hechos actuales. En el caso de la lengua, se traslada la variación presente al pasado, lo cual no siempre es perfecto, dado lo que se llama catastrofismo o la importancia de ciertos hechos como causa de grandes transformaciones, esencial para la historia del español en América. Interesante es también la discusión entre las tendencias al consenso y al conflicto en la historia de las lenguas, donde el autor hace hincapié en que no todo son pugnas entre lenguas y etnias, sino que las lenguas viven en contacto durante períodos extensos de tiempo. Explica que una historia sociolingüística de México debería cubrir tres dimensiones: los aspectos históricos generales relacionados con cada problema tratado, las relaciones sociolingüísticas desenvueltas a partir del contexto histórico, y la descripción de los aspectos más llamativos en la ejecución de las necesidades comunicativas. Asimismo, que en México habría que considerar tres períodos históricos con sus consecuencias lingüísticas: la irrupción europea, la independencia y la revolución. En la primera, habría que estudiar la época prehispánica y las condiciones sociolingüísticas existentes, así como la llegada del español y del latín; en la segunda, la preferencia por el español y la diglosia generada y, en el presente, los problemas generados por la urbanización y la marginalidad. Asimismo, habría que examinar, en una historia sociolingüística, las evaluaciones subjetivas que hacen los hablantes de las actuaciones lingüísticas, lo que se ha llamado estudio de las actitudes o de las ideologías lingüísticas.

El capítulo 2, de Leopoldo Valiñas, se titula “Historia lingüística: migraciones y asentamientos. Relaciones entre pueblos y lenguas”. Describe y discute primero la abundante bibliografía sobre el asentamiento y a distribución de los distintos grupos. Emplea el término “comunalecto” para el dialecto de la comunidad. Se detiene luego en problemas teóricos que hubieran podido vincularse mejor con la sección anterior, entre ellos, las condiciones sociales de varios tipos en su relación con la lengua, como el nomadismo y el sedentarismo, el comercio y la agricultura. Señala deficiencias en la identificación de las lenguas e insuficiencias en los campos de la filiación lingüística y determinación de las áreas, y se pronuncia en contra de la glotocronología; estudia los problemas históricos de migración y expansión poblacional y reseña las dificultades para determinar el homeland de una lengua, los tipos de asentamientos y la velocidad y magnitud del desplazamiento de los grupos. Prefiere sostener que hubo lenguas dominantes y no lenguas francas, una discusión que se encuentra rebatida en otros artículos del volumen. En general, es pesimista en cuanto a los conocimientos que se tienen sobre las lenguas en la época prehispánica, lo cual no hace justicia a los muy serios artículos del mismo volumen.

El capítulo 3, de Karen Dakin, se refiere a las “Lenguas francas y lenguas locales en la época prehispánica”. Su artículo tiene la cualidad de que se fundamenta en documentos reales para sostener básicamente que al menos una variedad del náhuatl fue una lengua franca. Comienza por señalar la diferencia entre lengua de contacto, que podría entenderse como el término genérico bajo el cual se pueden incluir desde lenguas estándares como el inglés hasta lenguas que se generan en el contacto como las lenguas pidgin, y las lenguas francas, que, por definición, las adquieren como segundas lenguas, al menos algunos de sus hablantes. Parte de considerar las circunstancias sociales y las estructuras de poder bajo las cuales se origina el contacto de lenguas y señala como favorables a la existencia de una lengua franca las situaciones multilingües, la existencia de préstamos antiguos y de algunos calcos. Asimismo, el control del estado es un factor que favorece el uso de una lengua franca en situaciones de multilingüismo. Señala que las situaciones de contacto que se dieron al principio de la colonia no deben haber sido muy distintas de las prehispánicas, sobre todo en las regiones de poca influencia hispanohablante, cuando el náhuatl estaba en relación dominante con varios grupos en Mesoamérica. Para la colonia, se puede hablar de tres dialectos: el central, descrito por los gramáticos coloniales, 2) una lengua franca derivada del náhuatl central, que parece haberse usado desde antes de la conquista, y las variantes locales del idioma. La existencia de lenguas francas revela la existencia de un bilingüismo o un multilingüismo extendido en la mayoría de las regiones. Se puede hablar de la existencia de un náhuatl escrito como lengua franca, que también puede haber sido hablado. Sostiene la autora que no se trata del náhuatl central, sino de una especie de koiné entre las variantes occidental y oriental que adaptó rasgos del náhuatl oriental, más prestigioso, a la variante occidental, variante que aprendieron los gramáticos y los escribanos. El estudio se basa con detalle en varios documentos publicados y manuscritos inéditos, lo cual le da seriedad y autoridad a su escrito.

El capítulo 4, de José Antonio Flores Farfán, lleva el título “Hacia una historia sociolingüística mesoamericana: explorando el náhuatl clásico” y estudia la dimensión sociolingüística de las variedades del náhuatl que no forman una entidad homogénea; asimismo, señala que la variedad clásica es actualmente la variedad escrita que nadie habla. El estudio parte de la idea de que no solo había multilingüismo, sino también una situación de diglosia bastante estable, en la que, si ahora el náhuatl es una lengua baja en peligro de extinción, antes tuvo una variedad prestigiosa y se usó también como lengua franca. El náhuatl clásico está muy bien documentado, entre otras obras en los Cantares Mexicanos y en el Códice Florentino de Bernardino de Sahagún. Existió en el altiplano central antes de que los aztecas lo invadieran; la palabra que lo designa significa ‘la lengua transparente, clara prístina y agradable al oído’, mientras que otras lenguas y otras variedades del náhuatl distintas a la variedad prestigiosa se designaban con términos peyorativos. Había una diglosia interna del náhuatl con una variedad hablada por la élite y otra por los plebeyos y campesinos. La variedad alta era gramaticalmente más compleja y desempeñaba roles de prestigio y funciones públicas, cuyo centro era México-Tenochtitlán, mientras que la baja estaba destinada a funciones familiares y se hablaba en la periferia. Hay que diferenciar esta lengua alta de la lengua franca, de estructura más simple, y hablada muchas veces como segunda lengua, algo que el autor muestra a partir de las distintas marcas del plural que no están en variación libre, sino que indizan las variedades altas o bajas de la lengua.

El capítulo 5 es de Sergio Bogard y trata “Del choque intercultural a la génesis del español novohispano”. Constituye un interesante recuento, muy bien documentado, de la llegada de los españoles y la conquista de México. Comienza por describir a los conquistadores españoles como a individuos que habían triunfado en la Reconquista y que se caracterizaban, como señalaba Américo Castro, por “la dimensión imperativa de la persona” con una visión religiosa de su misión. Pero igualmente los aztecas se consideraban un pueblo elegido del Sol. Describe a los dos personajes protagonistas de la lucha, Hernán Cortés y Moctezuma, con detalles psicológicos interesantes para la marcha de los acontecimientos, y explica como causas determinantes para la victoria de los españoles tanto la confusión inicial ocasionada por la predicción sobre la venida de Quetzalcóatl como, sobre todo, la adhesión de los pueblos indígenas oprimidos por los aztecas a la causa de los extranjeros. La acción imperial de Cortés para la reconstrucción de la ciudad y la distribución de las tierras fue definitiva para el nuevo orden colonial en que los dueños de la tierra se convertían en la población marginal, y el náhuatl pasó de ser la lengua dominante a la lengua dominada, al mismo tiempo que su cosmovisión se sometía al cristianismo. La lengua española conquistadora se ve influida por el léxico indígena, que viene a denotar una nueva realidad, pero también a modificar el sistema lexicológico de la lengua receptora.

El capítulo 6, de Claudia Parodi, versa sobre la “Tensión lingüística en la colonia: diglosia y bilingüismo” y estudia el contacto lingüístico desde la perspectiva de la semántica cultural. En una primera parte, explica las nociones básicas de esta disciplina, entre las cuales están la de recreación cultural, en virtud de la cual se forman culturas nuevas o renovadas a partir del contacto, y la de parámetro fundacional, según la cual las prácticas culturales iniciales son fundamentales en la formación lingüística y cultural de un grupo, pues éste suele repetirlas subsiguientemente, lo que explica, por ejemplo, la relevancia de los préstamos del taíno en el español americano. Asimismo, habla del signo bicultural, que amplía “el tipo cognitivo y el contenido nuclear del signo para aludir a un referente de una cultura distinta de la original, con la cual guarda cierta semejanza”. Estos signos son una posibilidad de recreación de los signos lingüísticos y explican la incorporación de nuevos significados a la lengua con ejemplos como “vino”, que viene a abarcar, en América, otros tipos de vino de frutos distintos a la uva. Los préstamos tienen, a su modo de ver, mayor precisión que los signos biculturales. En una segunda parte del trabajo, explica la diglosia que se genera en la zona a partir del contacto de las lenguas indígenas con el español y el latín. Es interesante su descripción del neolatín, lengua alta, como lengua litúrgica, lengua literaria y de los intelectuales; por otro lado, llega pronto de España la variante alta del español, que se indianiza adquiriendo nuevos vocablos y signos biculturales, al lado de una variante baja que refleja el habla cotidiana. Las lenguas indígenas fungen como variante B, pero entre ellas el náhuatl se sitúa por encima de otras lenguas como lengua franca, empleada también por el clero en sus prácticas litúrgicas y en la difusión del evangelio. La tercera parte del trabajo está dedicada a la expansión del español en la sociedad mexicana a más del noventa por ciento de la población, relegándose las lenguas indígenas a la periferia y a las zonas rurales.

El capítulo 7, de Martha Lilia Tenorio, sobre la función social de la lengua poética en el Virreinato, muestra cómo la población blanca de México logra “dominar e incluso superarla en sus alardes” la lengua literaria de la Península. Se dedica a estudiar de manera original la poesía de los certámenes, donde los poetas de la época competían para oír la lectura de sus obras y verlas publicadas como premio. La autora sostiene que no hay una literatura colonial, sino que esta literatura forma parte de la literatura española general, aunque se hubiera producido en las colonias. Señala como característica que para los letrados novohispanos, la literatura por excelencia fue la poética, mientras no hubo un teatro importante. La autora estudia tres autores (Juan de la Cueva, Eugenio de Salazar y Bernardo de Balbuena), que hacen de la Nueva España un motivo literario. Luego se dedica a estudiar la poesía de los certámenes, en los que se fijaba el tema y el metro al cual debían ceñirse los poemas. Se analizan algunos poemas relacionados con la disputa sobre la inmaculada concepción de la Virgen mostrando su hiperbarroquismo, y sus recursos estilísticos complicados y sofisticados.

En el capítulo 7, Pilar Máynez presenta un texto muy bien documentado sobre “la codificación de las lenguas indígenas durante la Colonia”. Explica que el registro de la historia y la cosmogonía era ya una tradición entre los antiguos indígenas de México y, aunque no se conocía la escritura alfabética, puede considerarse que el arte de los tlahcuiloque o pintores-escribanos era una forma de escritura, que se adaptó a las nuevas circunstancias incorporando elementos europeos. Estos escribanos gozaban de prestigio en la sociedad, y es posible que un grupo se dedicara a los temas cosmológicos mientras otros se ocupaban de los registros civiles. Muy pronto la aculturación de los indígenas, que al principio estuvo a cargo de los encomenderos, pasa a cargo de los frailes, pues se trata de iniciar la catequización de los infieles. A partir de ese momento, el reconocimiento del otro se convierte en una gigantesca tarea de aprendizaje de las lenguas indígenas, que comienza con la elaboración de cartillas y vocabularios; la cartilla más conocida es la de fray Pedro de Gante. Ello contribuye también a la creación de una muralla, que les permitía a los religiosos fungir de mediadores entre la población nativa y los españoles. Los frailes realizaron un eficiente trabajo de codificación y con ello de reconocimiento gramatical, y la crítica que se les ha hecho de haber empleado ocasionalmente los modelos de sus propias lenguas es, según la autora, injustificada, dado que este problema preocupa aún a los teóricos de vanguardia. A su juicio, las gramáticas misioneras representan una de las manifestaciones más importantes del encuentro entre el Viejo y el Nuevo Mundo. Por ejemplo, el jesuita Antonio del Rincón fue el primero en reconocer los rasgos fonéticos de la lengua mexicana, como la duración vocálica, el acento y el cierre glotal.

El proceso de conversión religiosa fue sin embargo difícil. En lo que concierne al lenguaje, se corría el peligro de que se produjeran sincretismos a partir de las traducciones, por lo que se emplearon préstamos léxicos del castellano, que se entendían poco. Es significativa la labor de Sahagún, que empleaba el estilo grandilocuente de los huehuetalhtolli, o discursos para diferentes circunstancias de la vida, cuando escribía en castellano para los indígenas. La política de la corona fue variando a través del tiempo y, de permitir al principio la enseñanza en lenguas indígenas, prescribió finalmente que se usara únicamente el idioma castellano.

El capítulo 9, de Thomas C. Smith Stark, lleva el título: “La trilogía catequística: artes, vocabularios y doctrinas en la Nueva España como instrumento de una política lingüística de normalización”. Este interesante trabajo parte de la base de que los religiosos encargados de convertir a los pueblos indígenas usaron para esta tarea las lenguas nativas. El autor sugiere una trilogía similar a la de Boas, quien sostenía la necesidad de producir una gramática, un vocabulario y una colección de textos para documentar una lengua, y sugiere el papel central de las doctrinas en el proyecto de evangelización, entre ellas, las del obispo Juan de Zumárraga de tendencia erasmista; estas doctrinas no solo eran en lenguas indígenas, sino que iban acompañadas de un arte y un vocabulario. Los frailes tuvieron que resolver no solo el problema técnico de registrar los nuevos sonidos desconocidos en español, sino que había que elegir la variedad sociolingüística apropiada para tal fin, que generalmente fue la variante de mayor prestigio y con la mayor capacidad comunicativa, con lo cual tomaban en cuenta “la pureza de la lengua y su entereza” (p. 404). Esto permite entender, según el autor, por qué las formas escritas de las lenguas coloniales eran relativamente uniformes. El artículo propone que estas trilogías generaban a su vez una norma de la lengua en cuestión que se mantuvo vigente durante el período virreinal, y además que las doctrinas sirvieron de corpus para elaborar los vocabularios y las artes; asimismo, que los ejemplos procedían a menudo de la oratoria sagrada, o de los poetas.

El capítulo 10, de Everardo Mendoza Guerrero, versa sobre “el conflicto lingüístico y expansión del español en el norte de México”. El tratamiento del tema es más bien histórico, y se trata de un comentario de la historia con abundantes opiniones personales. El autor afirma que la difusión del náhuatl ocurrió no solamente porque fue lengua materna, de contacto y lengua franca, sino porque fue impuesta por los españoles a los indios. En cuanto al norte, la difusión del español se debió al asentamiento de indios mexicanos para cubrir el despoblamiento causado por la mortandad y la huída de los nativos hacia las montañas y la labor de los españoles fue más de destrucción que de intercambio.

El capítulo 11 titulado “Colonización y política del lenguaje: el norte de México”, de Zarina Estrada Fernández y Aarón Grageda Bustamante, retoma en cierta medida el tema del anterior capítulo. Tiene un enfoque más bien sociolingüístico, con la mirada desde lo que llama culturas subalternas, y hace un recuento de tres momentos históricos en el contacto del español con las lenguas indígenas del norte del país. En la primera etapa tienen gran importancia los misioneros jesuitas que hacen su labor evangélica en lenguas indígenas y en latín, lo cual dificulta la difusión del castellano. Un segundo momento se asocia con el aumento de la población colonial de habla castellana en Sinaloa y Ostimuri, a finales del siglo XVII; sin embargo, las reducciones jesuíticas se mantienen aisladas de estos asentamientos y es cuando se describen muchas de las numerosas lenguas indígenas de la zona. Según los autores, aunque los misioneros les permitieran a los nativos mantener sus lenguas, éstos tuvieron que aceptar la vida sedentaria, la religión católica y la monogamia, lo que significó una aculturación importante. El tercer momento  lo constituye el fin de la autonomía frente al Estado monárquico y la imposición del español, reconociéndose sin embargo solo en Castilla el asiento del idioma. A partir de entonces, se institucionaliza la enseñanza del idioma y se norma la forma de vida. Se crea la Real Academia de la Lengua en 1713 y se promulgan directrices sobre el lenguaje. Los autores mencionan la labor de Lorenzo Hervás al describir la variedad de lenguas de la región. La modernización y la creación del Estado nacional traen consigo la estigmatización del indio y de su lengua, que se considera un obstáculo para la integración. Interesante es el estudio de la díada vecindad-vagancia para entender la condición de marginal del indio. Los autores atribuyen la supervivencia de pueblos indígenas en Sonora, Sinaloa, Durango y Chihuahua a las dificultades del terreno, y la de los seris y los yaqui-mayo a lo específico de sus culturas.

El capítulo 12, de Dora Pellicer, se titula “Lenguas, relaciones de poder y derechos lingüísticos” y es un capítulo fundamental para entender el problema de la lengua en la época prehispánica y un magnífico cierre para el primer tomo de la Historia sociolingüística de México. El tema de los derechos lingüísticos de los pueblos indígenas es uno de los más difíciles de la situación de contacto, entre otras cosas por la cantidad de lenguas que se hablaban y la desigualdad entre ellas, al igual que en otros casos de la historia. Los derechos lingüísticos, como dice la autora, son un componente relativamente nuevo dentro del paradigma de la diversidad, lo cual, en un libro que trata de tiempos pasados, hay que decirlo, puede llevar a lo anacrónico de los juicios. La autora expone la lucha del romance castellano por el derecho a la escritura bíblica y cómo se cambian en la Península las relaciones de poder a partir de la Reconquista, se convierte bajo Fernando III y Alfonso X en el idioma de los documentos públicos y las leyes. Según la autora, lo lingüístico no privó en la argumentación inicial con los pobladores del nuevo mundo sobre lo jurídico y lo religioso, y una de las discusiones de la época versa sobre si los nativos tenían o no capacidad racional. Por ejemplo, Francisco de Vitoria postuló el carácter legítimo del dominio sobre ellos, aunque esta no fuera una razón para despojarlos de sus tierras. Si bien Sepúlveda justificó luego el dominio por las armas, Las Casas esgrimió argumentos sobre la calidad racional del indio y contra la crueldad de los españoles, en el sentido de que se podía evangelizar pero no avasallar. La lengua mexicana los impresionó porque según la autora mostró a los españoles “la grandeza de un imperio que había impuesto su derecho lingüístico para el diálogo y la negociación con hablantes de lugares distintos y lenguas diferentes” (p. 629).

En la nota 28 (p. 624), Pellicer afirma que España fue el único poder colonial de la época que otorgó atención a la discusión sobre los derechos de los aborígenes del Nuevo Mundo. Así, los juicios se hicieron frecuentemente o en lenguas indígenas, o con intérpretes. Colón previó la necesidad de intérpretes y llevó a Luis de Torres, que hablaba hebreo, árabe y caldeo, pero muy pronto se percató de que estas lenguas no le servían y resolvió llevar indios a España para que aprendieran castellano, con la intención de recabar información sobre el continente y sus riquezas. La autora afirma que, en la conquista, muchas veces el diálogo sustituyó la gestión de las armas y hace un interesante recuento sobre la gestión de los “lenguas” en la colonia, como la de Jerónimo de Aguilar, un español que había caído prisionero de los indígenas y una india llamada Malitzin y bautizada Marina.

Es importante hacer notar el uso de la escritura entre los indígenas, tanto mayas como aztecas, y su repercusión en la escritura de los escribas de la colonia. La escritura cumplía entre los indígenas funciones cotidianas y prácticas, como se muestra en las listas de tributos; esto se interrumpió con la conquista. Los escribanos fueron a menudo bilingües y los intérpretes constituyeron el vínculo entre el gobierno colonial y los indígenas. El desarrollo de la idea de nación trajo como consecuencia la desaparición de los intérpretes, porque mayor porcentaje de la población hablaba castellano. El 16 de abril de 1770 se prohibió el uso de las lenguas indígenas.



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