ReseñasSección dirigida por Carlos SubiratsInfoling 3.60 (2019)

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Maria-Rosa Lloret (Universitat de Barcelona). Reseña de Martínez-Paricio, Violeta. 2018. Fonología métrica y tipología lingüística. Valencia: Tirant lo Blanch. Infoling 3.60 (2019) <http://infoling.org/informacion/Review431.html>

La monografía de Violeta Martínez-Paricio (VMP) es un magnífico ejemplo de cómo introducir al lector en una disciplina minoritaria (la fonología métrica) desde la tipología lingüística. El objetivo final es convencer a los interesados en el estudio del lenguaje de la necesidad de recurrir a la estructura métrica y, en especial, de las ventajas que supone utilizar el pie métrico (“categoría rítmica a medio camino entre la sílaba y la palabra prosódica”, p. 18) para comprender mejor algunos fenómenos fonológicos que las lenguas presentan.

Uno de los mayores aciertos del libro es no limitarse a ejemplos sobre la acentuación, el tono o el ritmo (a los que nos tenían acostumbrados obras anteriores; entre ellas, el trabajo fundacional de Liberman 1975, la obra clásica de Hayes 1995 o el valioso resumen de Kager 1995 sobre la teoría métrica), sino superar los típicos fenómenos suprasegmentales para ahondar en procesos segmentales fonológicos (como los debilitamientos y fortalecimientos de los segmentos, las epéntesis y las elisiones) y en procesos morfofonológicos (como la infijación, los truncamientos y las reduplicaciones) para demostrar cómo la estructura métrica de las palabras también puede condicionar este tipo de fenómenos. Hasta aquí podría parecer que hablamos de un manual sobre fonología métrica; pero el libro va más allá e incluye un conjunto de argumentaciones para demostrar las ventajas de introducir en el análisis métrico los pies ternarios (frente a la extrametricalidad) de tipo recursivo con estructura interna binaria (frente a representaciones con pies no mínimos), uno de los temas más debatidos entre los estudiosos durante las últimas décadas (véase, por ejemplo, la discusión sumaria de Rice 2011). No en vano la tesis doctoral de la autora versa sobre este tema (An exploration of minimal and maximal feet, Universidad de Tromsø, 2013) y también muchos de los artículos que ha publicado, en solitario o con lingüistas de reconocida solvencia, sobre esta cuestión. Pero así como en sus publicaciones anteriores el lector tiene que estar iniciado en modelos fonológicos específicos (como la teoría de la optimidad, a la que VMP se refiere en algunas –pocas– partes del libro, y con gran acierto en forma de notas), en el presente volumen el relato es claro; la progresión de las ideas que se van introduciendo fluye sin que el lector no avezado en la materia se pierda, y esta es una característica estimable que no siempre se encuentra en los escritos sobre teoría lingüística. Quizás sea algo insistente en algunas partes, demasiado repetitivos los resúmenes ante cada capítulo y las conclusiones tras cada uno de ellos, especialmente, después de haber presentado su contenido, de forma precisa, en el capítulo introductorio (pp. 19-22). Sin embargo, esta práctica es más que recomendable para los estudiantes que deseen profundizar en la fonología (con o sin la ayuda de profesores), e incluso para que “otros lingüistas –tal vez más interesados en otras parcelas del estudio del lenguaje alejadas de la fonología– lleguen a sentir un poco de curiosidad por saber qué es eso del ‘pie métrico’ en lingüística” (p. 16).

Como indica la misma autora (p. 22), el libro admite tres ritmos de lectura distintos: el capítulo 2 se recomienda para los lectores no familiarizados con la fonología métrica; el capítulo 3 es imprescindible para quienes no hayan seguido el debate sobre la existencia, o no, de pies métricos recursivos, y, finalmente, en los capítulos 4, 5 y 6 se analizan datos de lenguas de muy distintas familias lingüísticas para ilustrar las ventajas del análisis métrico, en general, y del análisis con pies ternarios recursivos, en particular.

En el capítulo 2 (“La teoría prosódica y la teoría métrica”), se expone el marco teórico general que sigue la obra. La duda que suele acompañar a los lectores sobre si es lo mismo hablar de fonología prosódica que de fonología métrica queda pronto dilucidada: “La fonología métrica es la subdisciplina, dentro de la fonología prosódica, que investiga las propiedades y los procesos lingüísticos condicionados por la forma, la estructura y la disposición de los pies métricos en las palabras” (p. 32). La fonología prosódica, que arranca a principios de 1980, surge para explicar fenómenos que sobrepasaban el plano segmental del lenguaje sonoro. Se vio que la incorporación de dominios fonológicos superiores explicaba mejor muchas de las peculiaridades suprasegmentales de las lenguas, típicamente relacionadas con la distribución de los acentos o los tonos y los patrones rítmicos o entonativos. Discute aquí la autora, muy acertadamente, cómo la ampliación de los constituyentes fonológicos llevó al debate sobre cuántas categorías prosódicas son necesarias, la jerarquía entre ellas y su carácter pretendidamente universal. VPM presenta desde el inicio la jerarquía prosódica (universal) que se utilizará como referencia en el libro, que es la versión más extendida y aceptada en la actualidad de la inicialmente propuesta por Selkirk (1980) y McCarthy y Prince (1986 [1996]), de menor a mayor: segmento < mora < sílaba < pie métrico < palabra prosódica < frase fonológica < frase entonativa < enunciado (p. 28). Y ahí irrumpe el pie métrico, con su posición entre la sílaba y la palabra prosódica, ya utilizado en la métrica clásica para agrupar de manera relacional las sílabas átonas y tónicas de los versos (véase, entre otros, Quilis 1984, citado por la autora en la página 32). Los primeros ejemplos del libro, pues, no podían más que estar relacionados con el estudio del dominio acentual, tonal y rítmico de las lenguas, con pies trocaicos (tá-ta) o yámbicos (ta-tá), que agrupan sílabas o moras, que se alinean con el margen izquierdo o con el margen derecho de la palabra prosódica. VMP muestra la relevancia del pie métrico con ejemplos de muy distintas lenguas y apunta que algunos procesos segmentales (analizados más ampliamente en el capítulo 5) también tienen en cuenta la estructura métrica. Introduce asimismo el concepto de palabra mínima para demostrar que la estructura métrica puede desempeñar un papel crucial en la definición morfofonológica de la palabra, como en la lengua australiana lardil, cuyas palabras deben contener al menos dos vocales o una vocal larga o, en caso contrario, necesitan de elementos epentéticos para cumplir con los requisitos de la palabra mínima (pp. 50-52).

En el capítulo 3 (“Pies mínimos y pies máximos”), se discuten y se limitan las posibilidades estructurales de la jerarquía prosódica, atendiendo principalmente a la organización de los pies métricos. La postulación de nuevas categorías prosódicas (como el grupo clítico propuesto por Nespor y Vogel 1986), que descriptivamente explicaban fenómenos específicos de lenguas, llevó a la necesidad de constreñir la jerarquía y su organización interna por mor de la universalidad, a través del mecanismo de la recursividad, mediante una operación de adjunción de sílabas o moras que no quedaban incorporadas por el pretendido binarismo de las categorías. El debate ahora se ciñe a cómo y dónde adjuntar estos elementos. Centrándose en los pies métricos, VMP demuestra la idoneidad de una teoría que admita pies recursivos ternarios con estructura interna binaria, a diferencia de los trabajos tradicionales en los que solo se admitían pies métricos binarios estrictamente dominados por su categoría superior. Son sumamente sugestivas las consecuencias que se derivan de ser núcleo del pie métrico “por partida doble” (p. 71), esto es: al generarse una nueva proyección (pie métrico máximo) de un pie métrico (mínimo) por adjunción de otro elemento, los elementos fuertes por partida doble deben poder revelar particularidades que no tienen los elementos fuertes mínimamente, tal como se confirma en los datos que se presentan. Los ejemplos que se ofrecen en este capítulo –y que algunas veces avanzan fenómenos que se analizan más minuciosamente en capítulos posteriores– van desde la distribución de los acentos y tonos hasta procesos de reducción y alargamientos vocálicos, incluyendo también casos lúdicos del inglés como la infijación expletiva con -fukin- para indicar énfasis, que aparece entre dos pies pero que no puede interrumpir un pie: así, de fantastic se crea fan-fuckin-tastic, pero no *fantas-fuckin-tic, y de Tatamagouchee se crea Tata-fuckin-magouchee o Tatama-fuckin-gouchee, beneficiándose de la existencia de pies ternarios recursivos (p. 75); sin embargo, en agenda, que contiene un solo pie, no puede haber infijación: *a-fuckin-genda, *agen-fuckin-da (tomo este ejemplo adicional de Hammond 2011: 972).

En el capítulo 4 (“El pie métrico y el acento”), se demuestra que la dicotomía clásica entre lenguas con acentos rítmicos binarios y lenguas con acentos rítmicos ternarios es demasiado rígida para dar cuenta de los patrones documentados en las lenguas del mundo. Por ello se apuesta por un continuum rítmico binario-ternario, con las lenguas estrictamente binarias y las estrictamente ternarias en cada extremo de la escala (véase el cuadro de la p. 113). Esta línea de razonamiento va en consonancia con investigaciones recientes en otras áreas de la lingüística y de otras ciencias que relativizan la inflexibilidad de las taxonomías clásicas (en este sentido, por ejemplo, los modelos estocásticos o probabilísticos han ganado considerable favor en las últimas décadas; véanse, entre otros, aproximaciones estocásticas a la fonología en Boersma y Hayes 2001). El punto clave de la propuesta es el hecho de que, desde esta perspectiva, se “consigue predecir la totalidad de lenguas rítmicas, sin llegar a sobregenerar patrones extraños o no documentados” (p. 113). El lector no hallará, sin embargo, en el presente volumen los detalles empíricos y analíticos que llevan a tal conclusión, sino que se remite al trabajo de Martínez-Paricio y Kager (2015), enmarcado en la teoría de la optimidad, para ver los datos que corroboran esta afirmación. Los ejemplos que ilustran esta parte se toman básicamente del trabajo acabado de citar. Se analizan, por primera vez con detalle, ejemplos específicos del español relativos a la posición del acento (pp. 85, 89-90). Una pequeña precisión en este punto. VMP elige -ico/a como ejemplo de sufijo átono que respeta la acentuación de la palabra base (como en cantabria > cantábr-ico, p. 90; aunque en la NGLE: 392 se deriva de cántabro > cantábr-ico, p. 392). Habría sido más indicado –para el tipo de lector a quien va destinado el libro– referirse a este sufijo como preacentuado, puesto que impone el acento de palabra en la sílaba anterior de la base a la que se une, como en la derivación propuesta en la NGLE cántabro > cantábr-ico y, en otras, como agonía > agón-ico, sátira > satír-ico. Existen, claro está, sufijos plenamente átonos en español, como las vocales de género (gat-o/a) o los prefijos átonos (humano > in-humano, decir > pre-decir), que habrían ilustrado mejor esta cuestión. El capítulo termina con la presentación de la restricción de la ventana silábica acentual, por la que, en algunas lenguas, el acento debe recaer o bien en una de las tres sílabas iniciales o bien en una de las tres últimas, como en español, que no admite palabras con acento en la pre-antepenúltima sílaba (pp. 89-90). Un comentario adicional acerca de esta característica del español: VPM justifica la existencia de palabras con acento en la cuarta sílaba contando desde el límite derecho de la palabra cuando un verbo va seguido de clíticos (como en cóme=te=los > cómetelos), porque la palabra morfológica termina tras el verbo y, por tanto, según la autora, “se puede seguir considerando que en estas construcciones se respeta el requisito de que el acento debe posicionarse en una de las tres últimas sílabas de la palabra fonológica” (p. 85). No se comenta ni se explica, en cambio, por qué entonces en algunas construcciones de verbo seguido de clítico se tiene en cuenta todo el grupo para evitar esdrújulas con la penúltima sílaba trabada (como en comámos=nos > comámonos, que pierde la última consonante del verbo para cumplir con la restricción que imponen las esdrújulas). Con todo, uno de los aspectos destacados del capítulo es la constatación de que –con matices como los vistos para el español– la ventana acentual nunca excede el tamaño de tres sílabas en la lenguas del mundo, lo cual corrobora la tesis defendida en el libro de que los pies métricos son mínimamente recursivos: “Según Kager (2012), en estas lenguas el pie métrico que se construya, ya sea mínimo o no mínimo, siempre estará alineado a la izquierda o a la derecha de la palabra y, dado que los pies no pueden tener más de tres sílabas, la posición del acento quedará por tanto restringida a una de las tres sílabas iniciales o finales” (p. 116).

En el capítulo 5 (“El pie métrico, procesos fonológicos”), se analizan con detalle datos fonológicos no relativos a la acentuación para acreditar más ampliamente las ventajas de un análisis con pies ternarios recursivos. Resulta cuanto mínimo sugerente ver como la simple distinción entre sílabas átonas que son dependientes de una sola proyección de un pie y sílabas átonas que son dependientes de dos proyecciones de un pie ofrece una explicación natural al comportamiento dual de las vocales del holandés en cuanto a la reducción vocálica (pp. 121-127), o como la distinción da cuenta de la distribución y elisión de r en algunos dialectos del inglés (pp. 128-133) o de la aspiración de las oclusivas sordas en inglés (pp. 133-136). La visión interlingüística de la obra lleva a analizar fenómenos de distinta índole de lenguas más lejanas en la misma tesitura: los alargamientos vocálicos en las lenguas aborígenes de Australia wargamay y yidiñ (pp. 136-142), y la asignación de acentos tonales en la lengua esquimal chugach alutiiq (pp. 142-149). En todos los ejemplos analizados, se demuestra convincentemente que análisis alternativos con pies no mínimos recursivos llevan a predicciones incorrectas. En una teoría, la capacidad no solo de explicar los patrones existentes sino de predecir los no existentes ratifica, sin lugar a duda, la validez de la propuesta.

En el capítulo 6 (“El pie métrico, procesos morfofonológicos”), se refuerzan los argumentos anteriores con el análisis de procesos morfofonológicos relativos a la palabra mínima, la infijación, la reduplicación y el truncamiento, iniciados con el estudio de McCarthy y Prince (1986 [1996]) en el marco de la morfología prosódica. Se demuestra la importancia de las unidades prosódicas en la creación de plantillas morfológicas, centrándose en cómo el pie métrico puede ser determinante en algunos procesos. Los ejemplos que se ofrecen provienen, como a lo largo del libro, de lenguas de distintas familias. Resulta especialmente ilustrativo comparar la formación de hipocorísticos truncados en japonés, italiano y español. El japonés, que no es una lengua con acento sino con acentos tonales (“y, por tanto, este tipo de datos ratifica la idea de que el pie métrico no es una categoría que se encuentra activa exclusivamente en las lenguas con acento”, p. 158), forma los hipocorísticos a partir de una plantilla de pie trocaico sensible al peso silábico (Ranko > o-Ran, Yukiko > o-Yuki) (pp. 157-158). El italiano los forma a partir de plantillas monosilábicas (Francésca > Fra) o bien a partir de plantillas trocaicas bisilábicas, desde el límite izquierdo de la palabra (Francésca > Fránce) o desde la sílaba tónica (Francésca > Césca) (pp. 158-159). El español, por su parte, además de admitir hipocorísticos trocaicos bisilábicos que preservan la sílaba inicial o la tónica de la palabra base (Elvíra > Élvi, Valentíno > Tíno), admite hipocorísticos bimoraicos monosilábicos con una consonante final (Francísco > Fran, Jesús > Chus) y, más determinantes para la propuesta defendida en el libro, hipocorísticos trisilábicos, de nuevo formados a partir de la sílaba inicial o de la tónica (Bartolomé > Bartólo, Catalína > Catína) (pp. 161-166). El ejemplo crucial es el de formas como Nicolás > Colácho (tomadas del reciente estudio de Martínez-Paricio y Torres-Tamarit 2018), que añaden la desinencia de masculino -o para satisfacer la plantilla morfológica de tres sílabas.

El capítulo final de conclusiones es muy breve (pp. 167-168). Además de insistir en las ventajas que conlleva la inclusión de la categoría del pie métrico y el poder explicativo y predictivo de los pies ternarios recursivos por adjunción, se alude a trabajos psicolingüísticos, de adquisición de la primera lengua y de lenguas no orales que corroboran esta hipótesis. Sin embargo, tan solo se comenta brevemente el estudio de Brentari (1998) sobre las lenguas de signos (p. 168). El lector habría apreciado en este punto la inclusión de referencias a trabajos sobre los demás temas, a fin de que, para los que la lectura del libro haya creado “un poco de curiosidad por saber qué es eso del ‘pie métrico’ en lingüística” (p. 16), pudieran continuar su indagación autónomamente.

Para terminar, solo cabe añadir que se echa en falta, por las características del libro, un índice de lenguas, para que el lector pueda encontrar con facilidad las remisiones a las lenguas tratadas y a la familia lingüística a la cual pertenecen. El índice de materias, sin embargo, no es imprescindible, porque la metódica organización del libro y el acertado carácter descriptivo con que se titula cada (sub)apartado es suficiente para que el lector –con un ojo puesto en el índice– pueda encontrar fácilmente los temas que le interesen. Un último aspecto a destacar es la precisión de la autora en cuanto a las referencias bibliográficas que cita, actualizadas por completo, con la declaración en todo momento de análisis anteriores que han abierto o inspirado el camino de explicaciones posteriores más adecuadas o, como mínimo, más satisfactorias. En definitiva, en la bibliografía hispánica faltaba una visión panorámica precisa sobre los recientes avances en fonología métrica con una mirada interlingüística. Sin lugar a duda, el volumen de VMP se convertirá en libro de referencia para los estudiosos de la lingüística (general y de lenguas o familias de lenguas específicas).

Referencias bibliográficas

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