ReseñasSección dirigida por Carlos SubiratsInfoling 9.1 (2018)

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Alexandra Alvarez. Reseña de Bolívar, Adriana. 2017. Political Discourse as Dialogue. A Latin American Perspective. Oxford, UK: Routledge. Infoling 9.1 (2018) <http://infoling.org/informacion/Review412.html>

En este libro, que forma parte de la colección Cultural Discourse Studies de la editorial Routledge, Adriana Bolívar se centra en la cultura política latinoamericana, e introduce una forma innovadora de ver y analizar el discurso político para explicar el colapso de la democracia representativa venezolana. En su opinión, en los estudios del discurso cultural (Shi-xu 2015), es fundamental prestar atención a las culturas locales con una perspectiva global, para garantizar y promover el diálogo y el debate en el mundo. Bolívar desplaza la mirada desde el texto en contexto y sus representaciones, como es el caso en los estudios de discurso crítico, hacia las personas en los eventos (Bolívar 2010). La atención se centra entonces en la función interpersonal del lenguaje y lleva al lector, acostumbrado a una descripción más bien estática del discurso, hacia una percepción más dinámica, la del diálogo. Por lo tanto, el énfasis está en el análisis de los diálogos reales entre los participantes, como personas que tienen roles y responsabilidades políticas.

Un punto central de la obra es el interés de la autora por el estudio del cambio político a una escala mayor, lo que implica captar los signos de cambio en los textos mismos, y también los cambios en el diálogo en la dimensión diacrónica, sin perder de vista la sincrónica. Esto la lleva a un análisis exhaustivo de la desinstitucionalización de la democracia después de la victoria de Chávez en Venezuela en 1998.

El libro de Adriana Bolívar analiza el discurso político como un diálogo a todos los niveles, entre los actores políticos internos y, a nivel internacional, entre los jefes de estado. Encuentra diálogos “interpretados”, “informados”, “mediados”, “representados” y “ocupados”. Aunque se concentra en los eventos que llevaron al debilitamiento de las instituciones en Venezuela, después de Chávez hasta el presente, en mi opinión, su propuesta como forma de análisis puede ser aplicable al género del discurso político en general. La autora argumenta que el estudio de las culturas políticas es esencial para entender los cambios en las democracias, que a su vez dependen de la actitud favorable o no al diálogo entre los líderes de las naciones. De ahí, la importancia que asigna al estudio de las experiencias populistas en su contexto cultural, especialmente, en la creciente presencia en el mundo de líderes autoritarios. El libro muestra cómo el concepto de democracia y el papel del “pueblo” en Venezuela está marcado por una historia de dominación, una economía basada en el petróleo, el populismo y el culto a la personalidad. La fuerte conexión emocional entre el líder-benefactor y el pueblo-beneficiario se basa precisamente en ese contexto histórico-cultural.

Además de la Introducción y las Conclusiones, el libro consta de seis capítulos, que revisan los cambios en la democracia venezolana entre 1958 y 2016.

En la Introducción, “Discurso, diálogo y cambio político”, Bolívar –que se declara familiarizada con tres culturas latinoamericanas, todas con una historia de violencia y dominación y en constante lucha para alcanzar y preservar la democracia– presenta el eje tridimensional sobre el que se basa el libro, y los fundamentos teóricos que respaldan su análisis, principalmente, la lingüística británica, el análisis de la conversación, la socio-pragmática y los estudios políticos, con atención en el papel de la efectividad. Bolívar explica su interés en el diálogo populista, particularmente en Venezuela, donde las características antidemocráticas del populismo han llevado a la institucionalización de la hostilidad y la agresión.

Hay dos cosas que vale la pena notar en la Introducción. Primero, el recuento de los estudios del discurso crítico en América Latina (pp. 14-15), que saca a la superficie algunas de las contribuciones teóricas de los investigadores latinoamericanos críticos, y segundo, la propuesta de incluir el diálogo como otro concepto a revisar en los estudios del discurso crítico (pp. 17-18). Bolívar afirma que al diálogo como comunicación no se le ha prestado la atención que se merece, ya que se concibe como utópico o implícito (p. 19), y aboga por “la necesidad de centrarse en el diálogo entre actores reales en una dimensión social y política”, y sobre “diálogos en lugar de sobre ‘lenguaje en uso’ en la dimensión discurso-lingüística” (p. 20). Se compromete con la crítica social, y reconoce la influencia en su obra de Paulo Freire, el filósofo y educador brasileño.

El primer capítulo, “Perspectivas sobre el análisis del diálogo. La comunicación, la utopía y el amor a la gente” tiene un propósito teórico. Bolívar se centra en su definición de diálogo, que se entiende de tres maneras: como comunicación, como condición para la democracia y como estrategia macropolítica moral en las democracias populistas, en las cuales hay un vínculo afectivo positivo entre el líder y sus seguidores (“la gente”), que se convierte en un vínculo afectivo negativo con los oponentes (“los enemigos de la gente”). El diálogo como comunicación se entiende en un continuo entre sus formas restringidas y amplias. Por un lado, los interlocutores están presentes, la atención se centra en los individuos como participantes, el lenguaje verbal-oral es decisivo, se busca un consenso, y la situación del espacio temporal es limitada. Por otro lado, el receptor puede ser el hablante, él mismo o un ausente, mientras que el receptor puede ser un colectivo. Del mismo modo, hay intercambios en todo tipo de códigos, el desacuerdo tiene una dimensión dialógica y no hay limitaciones de espacio y tiempo. Lo que es más relevante en su definición de diálogo como comunicación es que se hace una clara distinción entre un diálogo que se refiere a las voces en el texto (derivado de la influencia de Baktine) y los diálogos en los que debe tenerse en cuenta la respuesta de los demás en la dinámica de la interacción.

Con respecto al diálogo como condición para la democracia, Bolívar desplaza la vista hacia el respeto como una actitud moral en el diálogo, que ella explica en palabras de Dascal (p. 31) como “inseparable de lo tratado en el diálogo” y en la creencia de que los interlocutores tienen “algo que decir el uno al otro y que este algo es valioso”. Este es un tema clave porque la mayor parte del libro trata de cómo los participantes entienden y negocian el respeto en la práctica política. En relación con esta definición de diálogo, Bolívar llama la atención sobre el hecho de que los analistas fundacionales del discurso crítico –van Dijk, Wodak y Chilton– dan por sentado o implícito el diálogo. Ella se une a la crítica (principalmente contra van Dijk y Wodak) con respecto al hecho de que, si bien estos investigadores ven el discurso político como una forma de acción política, sus análisis reales se centran en las diferencias en “las representaciones de nosotros y ellos” (p. 31). En cambio, presta atención detallada a la definición de diálogo de Fairclough y muestra cómo lo relaciona con la democracia, pero sostiene que, en opinión de ese autor, el diálogo sigue siendo utópico, por lo cual presta poca atención a su papel en el cambio político.

En cuanto a la tercera definición de diálogo, “el amor por el pueblo”, Bolívar dirige nuestra atención a los usos estratégicos de un diálogo fragmentado que se opone al amor por el pueblo (como una entidad homogénea) y al odio por los que no siguen al líder; de ahí la importancia de la afectividad sobre la racionalidad en esta estrategia legitimadora, que convierte el diálogo en una poderosa fuerza moral. Así, el líder populista se presenta como salvador, y a su pueblo como amado y protegido por él, en el sentido de que satisface sus necesidades y lo defiende de sus enemigos, que se supone que no lo quieren ni les interesa el diálogo “real”. En el imaginario populista venezolano, el líder escucha a sus seguidores, les da regalos, habla por ellos, y adopta el papel de protector y vengador.

En el primer capítulo, Bolívar subraya la irrupción de Chávez en la escena política venezolana y caracteriza su estilo como transgresor, amenazador y divisionista, con insultos como parte de sus estrategias descorteses y anticorteses. También enfatiza el uso de metáforas conceptuales, especialmente las de la guerra y los militares, que compara con las de otros presidentes venezolanos, principalmente, que usan metáforas basadas en la salud y la construcción.

El segundo capítulo, “Un enfoque lingüístico-interaccional centrado en el diálogo”, trata aspectos metodológicos que se enriquecen con algunas explicaciones teóricas de su definición del discurso, que incluyen la interacción en el texto y la interacción social. Bolívar caracteriza el enfoque propuesto como lingüístico, interdisciplinario, interaccional y crítico, y se orienta hacia el diálogo conflictivo. El diálogo se considera teoría y método, pero también interacción. El diálogo político, por otro lado, implica negociaciones. Se destaca la relación entre el diálogo y la afectividad. En este capítulo, Bolívar explica cuidadosamente las categorías de análisis, principalmente, los participantes en los diálogos, y los tipos de poder con los que estos se relacionan en la interacción política. La autora describe los niveles y las unidades de análisis a nivel sociopolítico, interactivo y lingüístico. En la segunda parte del capítulo, da ejemplos de tipos de análisis, tales como: a) entre un individuo y el colectivo cuando no hay respuesta, como es el caso de un presidente que habla a las personas con diferentes tipos de destinatarios en su mente; b) entre un hablante y el colectivo, donde hay una respuesta, como el caso de un presidente que habla con la gente por la radio y recibe llamadas telefónicas que se responden personalmente; y c) el diálogo basado en la dinámica de la interacción social marcada por la resistencia al cambio a lo largo de varios años. Bolívar también explica cómo recopilar datos para este tipo de análisis. Pone énfasis en hacer una diferencia entre el diálogo en el texto y el diálogo entre las personas responsables de mover los eventos y, diría, que es el punto que hace que su contribución al análisis crítico del discurso sea más evidente.

El tercer capítulo, “Estabilidad y cambio en el diálogo institucional”, describe el cambio político ocurrido en Venezuela entre 1958 y 2016 mediante el examen del diálogo institucional en sus perspectivas micro y macro, enfatizando las estrategias que condujeron a la desinstitucionalización de la democracia representativa en Venezuela. Este capítulo es uno de los más significativos del libro, ya que presenta la imagen completa del cambio. El análisis que más me impresionó es el referido al juramento como se practica durante la democracia representativa (con ejemplos de Carlos Andrés Pérez) y los cambios introducidos por Hugo Chávez y Nicolás Maduro. Chávez se juramentó tres veces, e introdujo nuevos cambios cada vez. Maduro lo hizo dos veces. En el caso de Chávez, en 1999, el juramento no solo excedió el número de palabras tradicionales, sino que también rompió el protocolo y violó todas las máximas y reglas de cortesía de Grice. Juró sobre la constitución vigente, llamándola “moribunda”. Con esto, inició la desinstitucionalización de la democracia representativa que duró 40 años. Chávez estuvo en el cargo por catorce años. Según Bolívar, el mayor cambio en el juramento se produjo con motivo de su tercer juramento en 2007, cuando la pregunta ritual fue hecha por Cilia Flores, presidenta de la Asamblea Nacional, y también por la respuesta de Chávez, quien agregó un compromiso religioso en el cual él se identifica con Cristo, además de describir a Cristo como el primer socialista en la historia. Este es también el juramento en el que “la militarización del discurso se ve exacerbada en el lema de cierre, ‘Patria, socialismo o muerte’” (p. 92).

Bolívar también presta atención a los juramentos de oficio de Nicolás Maduro, como presidente interino y constitucional, juramentado por Diosdado Cabello, presidente de la Asamblea Nacional. En ambos casos, los juramentos de Maduro hicieron evidente la sacralización de Chávez como el “comandante eterno” y acentuaron el fin último de la revolución, es decir, la máxima felicidad del pueblo.

En este capítulo, Bolívar muestra la relación íntima entre los cambios en el género discursivo y el cambio político. El diálogo institucional característico de la democracia se convirtió en una conversación entre amigos del mismo partido político. Ella muestra cómo, con los cambios discursivos, todo se transformó: la relación afectiva entre los interlocutores que participan en el juramento, su estructura interna, las palabras dichas, el contenido que ahora cobijaba los ideales asumidos de Simón Bolívar y el pensamiento de Chávez, y el propósito, que se convirtió en un compromiso político con un sector. Es probable que los juramentos se tomen por sentado en las democracias, pero este capítulo resalta la importancia de prestar atención a las palabras rituales pronunciadas en diferentes ocasiones, porque los cambios en el lenguaje reflejan cambios que acarrean consecuencias institucionales, políticas y sociales.

El cuarto capítulo, “Diálogo y confrontación”, aborda la descortesía que necesariamente surge de la agresión verbal y los insultos. Según Bolívar, el análisis de los insultos debe tomar en cuenta el momento político, el rol y la posición de los actores políticos, la reacción de los interlocutores y el efecto social del insulto. Inicialmente adopta la definición de cortesía de Bravo (2003) como una estrategia utilizada por los hablantes para verse bien frente a los demás, pero también incorpora la noción de anti-cortesía introducida por Zimmermann (2003) con un sentido positivo, para referirse a la violación intencional de las normas culturales para ganarse el respeto de los miembros del grupo. Sin embargo, en su perspectiva, la anti-cortesía se usa en el diálogo político no solo para ganarse el favor del grupo (en este caso, las personas), sino también en un sentido negativo asociado con la destrucción de los enemigos. Según Bolívar, la práctica de insultar a los enemigos se ha institucionalizado en Venezuela. Ella encuentra que en el discurso polarizado las siguientes estrategias son características: 1. Violación intencional de las máximas conversacionales; 2. Falta intencional de cortesía; 3. Desafío de las críticas por ser descortés con las acusaciones; 4. Usar anti-cortesía en su sentido negativo para legitimar el comportamiento descortés y violento de los seguidores; 5. Uso intensivo de la conexión negativa con el enemigo; 6. Insultar a otros para que los ridiculicen, los humillen y los destruyan; 7. Ignorar al otro, en su opinión, una de las estrategias más perjudiciales para el diálogo.

Los insultos, para Bolívar, además de tener una función social tienen una función política con efectos cognitivos y emocionales. Según sus hallazgos, los objetivos del insulto político se eligen cuidadosamente. Además, ayudan a crear patrones de interacción social violenta, y muestra cómo esto sucede al identificar los patrones que surgen del corpus, de varias interacciones complejas examinadas en el macrodiálogo representado por la prensa. La autora llama la atención sobre cómo la violencia se intensifica a través de patrones que comienzan con un insulto, o con un insulto con violencia, luego continúan con insultos y terminan con insultos, con agresión física, o con afiliación grupal o legitimación de los insultos por parte del líder, que naturaliza la violencia verbal y física.

Los patrones sociales formados por los insultos llaman la atención sobre los efectos nocivos sobre el diálogo democrático, pero Bolívar también señala los efectos cognitivos en grupos que se ven afectados por insultos que intensifican la polarización política y las prácticas discriminatorias. El capítulo presenta una imagen que sirve como advertencia contra las prácticas no democráticas en el diálogo político. Lo más valioso es la descripción detallada de la metodología y los procedimientos seguidos por la autora y el hecho de que su análisis provenga de ejemplos reales en el curso de la interacción entre participantes involucrados en una serie de eventos, donde mostraron su apoyo o rechazo a los radicales cambios introducidos por la revolución bolivariana.

El quinto capítulo, “Interrupciones y disculpas en conflictos diplomáticos”, merece una atención especial en la obra de Bolívar, porque aborda los conflictos entre las naciones en las que Venezuela estuvo involucrada y que condujeron a la interrupción de las relaciones diplomáticas. En particular, se centra en cómo se inician los conflictos, particularmente con palabras interpretadas como ofensivas, que desencadenan el conflicto, y cómo se llevan a cabo las reconciliaciones en una región del mundo que también está polarizada. Además de dar una explicación detallada de las interrupciones y disculpas desde una perspectiva socio-pragmática y política, el objetivo de este capítulo es mostrar cómo el los jefes de estado, reacios a pedir disculpas, y que se alinean o no con la Venezuela socialista, interrumpen el diálogo.

El conflicto entre Chávez y el Rey de España, Juan Carlos de Borbón, en 2007 es particularmente interesante. Durante una reunión en la XVII Cumbre de las Américas en Chile, Chávez interrumpió al presidente Aznar quien llamaba la atención sobre el “respeto” que debe prevalecer entre los jefes de estado democráticos; el día anterior, Chávez había llamado “fascista” al ex presidente Aznar, por lo que el Rey le espetó: “¿Por qué no te callas?” Este conflicto desencadenó una larga negociación diplomática que terminó con una visita de Chávez al Rey, en la que no hubo disculpas formales. Otro hito en este capítulo es el conflicto generado cuando, en Argentina, Chávez envió a la organización ALCA al “infierno” y promovió la formación del ALBA. También se hace referencia a los conflictos entre México y Venezuela, Colombia y Ecuador, y otro entre Venezuela y Perú, que juntos ponen de relieve las alianzas económicas en la región, así como la actitud hacia Estados Unidos y la violencia promovida por las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia).

Los datos analizados en este capítulo provienen de los medios, a medida que ocurrieron los eventos, con atención a las palabras utilizadas por los jefes de estado según lo informaron los periódicos internacionales. Bolívar recomienda seguir los intercambios, ya que estos evidencian el lenguaje ofensivo e irrespetuoso utilizado por los presidentes. También es interesante el tratamiento de la validación de las disculpas del colectivo representado por los periódicos y sus lectores. Para ello, la autora emplea un esquema, que toma en cuenta tres condiciones para decidir si una apología es aceptada o no: la “sinceridad” desde un punto de vista pragmático, la “credibilidad”, que está anclada socialmente, y el “cinismo”, que enfatiza la responsabilidad moral y política de los actores involucrados. Los resultados muestran que la “condición de sinceridad” es rara en la cultura política latinoamericana, pues las disculpas no son creíbles, y el cinismo parece dominar en las reconciliaciones.

El sexto capítulo, “La dinámica de los pronombres personales en el cambio político” es un revelador estudio diacrónico del uso de los pronombres personales por parte de los presidentes de Venezuela en su diálogo con el colectivo, y también por parte de un par de nuevos líderes de oposición que se unieron al diálogo conflictivo de Chávez y Maduro. Los datos incluyen los discursos de inauguración de varios presidentes y sus discursos en campañas electorales, examinados tanto manualmente como con métodos computacionales.  Bolívar relaciona su estudio con el personalismo y el populismo en la cultura política venezolana, inclinados a defender la existencia de hombres fuertes como benefactores del pueblo.

Hay dos cosas que llaman nuestra atención en este capítulo. El primer aspecto es que el discurso de los presidentes en la democracia representativa venezolana compartía similitudes. Aunque pertenecían a diferentes partidos, el diálogo se concentraba en ellos mismos, es decir, que era entre Yo (el presidente) y Ustedes (la gente), mientras que el Nosotros tenía un valor inclusivo o exclusivo dependiendo de las ocasiones. Como explica Bolívar en la “Introducción”, este diálogo era típico de un populismo clásico dirigido a la cooperación más que al conflicto. Sin embargo, después de Chávez, surgió un populismo autoritario-militarista, donde el Yo del líder se reforzó (se encarnó con el pueblo) y la confrontación se exacerbó. Los adversarios se convirtieron en enemigos en “batallas”.

El segundo aspecto que resalta Bolívar es la necesidad de prestar más atención, en los gobiernos populistas a la relación entre YO y USTEDES (las personas como seguidores y las personas como oponentes), porque en la cultura política venezolana siempre se tiene la esperanza de que aparezca un nuevo líder como salvador de la patria. La investigadora muestra cómo los nuevos líderes jóvenes (Henrique Capriles y Leopoldo López) entran en diálogo con la gente para fortalecer su yo en una lucha, que ahora es más difícil, porque el diálogo se ve afectado por las prácticas antidemocráticas y el aumento de la violencia.

En las “Conclusiones”, Bolívar recapitula y se enfoca en cuatro conceptos y problemas a discutir en el futuro: la cultura política, la conceptualización del diálogo, el cambio político, el personalismo y los pronombres personales. La investigadora sostiene que lo que hace que el populismo venezolano sea único es su base cultural y su concepto de democracia, basado en una historia de dominación y resistencia, junto con una economía petrolera que ha permitido a los líderes “atender las necesidades del pueblo”. También insiste en la importancia de la noción de cambio, tanto internamente en los textos, como en la interacción social, para que podamos obtener una mejor idea del papel de los diálogos conflictivos en el cambio social. En su opinión, las nociones de diálogo lingüístico y discursivo están fuertemente relacionadas con el cambio social y político, lo que aumenta la importancia de obras como esta.

El libro es, sin duda, una contribución innovadora a los estudios del discurso crítico. Es un texto dirigido tanto a lingüistas como a lectores interesados en el discurso político e investigadores de otras áreas como el derecho y el periodismo. Gracias al estilo claro y pedagógico que caracteriza el libro, los lectores no especializados podrán embarcarse en el estudio del discurso político y, especialmente, del diálogo. Para los académicos de ciencias políticas interesados en el análisis discursivo, Bolívar presenta un valioso estudio basado en los datos de los eventos que condujeron al debilitamiento de la democracia en Venezuela.

No podemos sino darle una cálida bienvenida a este libro. Trae un nuevo enfoque y contribuye a la comprensión de la cultura política latinoamericana a través de las palabras de sus propios protagonistas.

Referencias

Bolívar, Adriana. 2010. A change in focus: From texts in contexts to people in events. Journal of Multicultural Discourses 5.3: 213-225.

Bravo, Diana. 2003. Actividades de cortesía, imagen social y contextos socio-culturales: una introducción. En D. Bravo, La perspectiva no etnocentrista de la cortfesía: identidad socio-cultural de las comunidades hispanohablantes. Proceedings of the First Colloquium of EDICE Program, University of Stockholm, págs. 98-101.

Shi-xu. 2015. Cultural discourse studies. En K. Tracy, C. Ilie, & T. Sandel, eds. International Encyclopedia of Language and Social Interaction, Boston, MA: Wiley-Blackwell, págs. 1-9.

Zimmermann, Klaus.  2003. Constitución de la identidad y anticortesía verbal entre jóvenes masculinos hablantes de español. En D. Bravo, ed., Proceedings of the First Colloquium of EDICE Program, University of Stockholm, págs. 47-59.


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