ReseñasSección dirigida por Covadonga López AlonsoInfoling 8.21 (2018)

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Antonio Narbona Jiménez. Reseña de López, Ángel. 2018. Prolegómenos a un estudio de la variación lingüística. Valencia: Tirant Editorial. Infoling 8.21 (2018) <http://infoling.org/informacion/Review411.html>

El lector haría bien en empezar por las palabras con que se cierra el Epílogo: “cualquier engarce entre lo biológico y lo cultural que no pase por el lenguaje estará mal fundamentado […]. La consiliencia entre ciencias naturales y ciencias humanas se fundamentará en el estudio de la variación lingüística o no se alcanzará jamás. Es el reto al que se enfrenta la lingüística del siglo XXI y al que este libro ha querido contribuir modestamente”. Me parece el mejor aviso para quien se adentre en un texto no extenso, pero sí intenso y denso, como la mayor parte de los escritos de Ángel López (Á. L.). Aunque no se conozca a fondo la bibliografía que va apareciendo en las notas (no recogida al final), la habilidad del autor para convertir en obvio lo que no lo es –o no tanto– facilita la comprensión del contenido del libro. Así, por ejemplo, tras recordar (en el capítulo 6: “El signo asimétrico y la variación”) que “los dos planos, el significante y el significado, no se conciben como dos caras de una misma moneda”, pues “el primero tiene existencia independiente, mientras que el segundo sólo existe en la medida en que lo soporta el primero”, poco menos que se disculpa: “esto es tan evidente que casi parece increíble que no se advierta de inmediato” (p. 81).

He de aclarar, ante todo, que, pese a lo que parece deducirse de las advertencias que figuran en los capítulos 1 (“basado en mi contribución a…”), 10 (“reproduzco parcialmente mi trabajo…”), 12 (“reproduce en parte mi trabajo…”), 13 (“me baso en las ideas expuestas en…”) y 14 (“recojo ideas expuestas en…”), nadie debería darlos por ya leídos. Es aquí donde recobran su cabal y pleno sentido.

Unas palabras sobre el título. Con ser la lingüística de la variación la única que no necesita justificación (a diferencia de cualquiera de los modelos situados en los paradigmas estructurales), Á. L. es consciente de que aún estamos en los prolegómenos, esto es, en la búsqueda de sus fundamentos generales, y de que ninguno de los problemas está resuelto. Acotarlos es la primera condición para solucionarlos. Así que, por más que la obra arranque con un capítulo dedicado a “La lingüística variacionista entre las ciencias del lenguaje”, el objetivo no es tanto presentar lo logrado como llamar la atención sobre lo (mucho) que falta por hacer, y llamar la atención acerca de la dificultad para conseguirlo. De hecho, no pasa de proponer las bases de un (no el) estudio (que no teoría) de la variación, situado más en la perspectiva del productor que en la descodificadora del consumidor. No cree que los especialistas deban decantarse por la lingüística interna o por la externa, y, mucho menos que esta última haya de ocuparse sólo “de la periferia del lenguaje”.

Á. L. sabe mejor que nadie que es ineludible plantearse previamente una vez más –y las que haga falta– “el objeto de la lingüística” (Cap. 2), la relación entre los datos y la(s) teorías(s), cuestión que, pese a los numerosos intentos –especialmente desde que hace cien años F. de Saussure se percató de las dificultades–, no considero resuelta, e ignoro si llegará a o puede resolverse. Según Á. L., formalistas (con su pretensión de alcanzar una especie de gramática innata universal) y funcionalistas (que prefieren centrarse en las lenguas como únicas realidades tangibles), aparte de ser incompatibles, no han aclarado gran cosa. Y así seguiremos, mientras se siga afirmando “que la langue es un objeto tan concreto como la parole”, cuando, en realidad, la primera “pertenece al terreno de las hipótesis” y no hay más hechos (¿para qué sirve situar los de la lengua entre los psicológicos?) que los de la segunda (p. 30). Tiene razón también en algo que me parece aún más relevante: “ni el estructuralismo saussureano ni el generativismo chomskiano suministran instrumentos adecuados para enfrentar la realidad incuestionable de la variación lingüística” (p. 36). Sí, ya sé que esto se ha dicho hasta la saciedad, pero no siempre la repetición consigue que lo obvio se imponga. Ni siquiera las propuestas de E. Coseriu, quien “plantea el problema en términos realistas de estricto sentido común” (p. 38), han calado en todas las mentes ¿Se puede hacer algo más, o algo distinto? En mi opinión, sí, y se ha hecho, a partir precisamente de las ideas del genial lingüista rumano, por parte de P. Koch y W. Oesterreicher (ambos ya desaparecidos), cuya visión de las variedades de uso como pertenecientes a la escala única que va desde la zona de la inmediatez o proximidad comunicativa hasta el extremo en que se ubican las variedades propias de la máxima distancia, constituye, me parece, un planteamiento plausible. Y no cerrado, pues permite su explotación, como la llevada a cabo recientemente por Santiago del Rey Quesada (2018) en “Lo marcado y lo no marcado en la cadena de variedades: apuntes para una nueva propuesta” (en K. Grübl, T. Gruber, K. Jacob y Th. Scharinger, eds.: Was bleibt von kommunikativer Nähe und Distanz? Tübingen: Narr, ScriptOralia) ¿Por qué no alude Á. L. –por cierto, la versión española de Lengua hablada en la Romania: español, francés, italiano, citada en la n. 132, se debe a Araceli López Serena– a los esfuerzos de los dos filólogos alemanes hasta el capítulo 11 (“Dominios variacionales”)? Quiero pensar que precisamente porque prefiere remover primero lo dicho acerca del objeto de la disciplina.

Se abre el capítulo 3 (“Los datos y la dualidad funcional del lenguaje”) con la confesión de que “sería ingenuo pretender que Saussure y Chomsky ignoraban que el elemento mensurable del lenguaje consiste en una serie de expresiones que surgen en otros tantos actos de habla, es decir, que los datos fundamentales de la lingüística sólo los puede proporcionar el discurso” (p. 41), a la que sigue una hipótesis nada descaminada: “habrá que interpretar la tendencia al idealismo y a la abstracción de ambos lingüistas como el rechazo de un realismo mal entendido que los dos intentan superar” (p. 41). A Chomsky le dedica un par de páginas (42-43), para terminar recordando que “olvidó que el sujeto del habla es un hablante-oyente, edificando el mito [sic] del ´hablante nativo ideal´, a pesar de que, si algo caracteriza a una lengua, es el amplio fondo compartido por sus oyentes, nunca lo poco que tienen en común los hablantes en cuanto tales”. Y continúa: “Si [Chomsky] hubiera partido de los datos del hablante, nunca habría basado sus argumentos en frases extravagantes de su propia invención y que nunca han dicho los anglohablantes” (p. 45). Más atención presta a Saussure, algunos de cuyos textos durante mucho tiempo sin publicar le llevan a decir que “aunque no llega a postular una lingüística de la enunciación”, es fácil deducir que, para él, “hablante y oyente no se oponen de forma equilibrada y simétrica, sino desequilibrada y asimétrica” (p. 49). Que la “función hablante” es “sobre todo comunicativa” y la “función oyente” es “básicamente cognitiva” puede no ser novedoso, pero como “no es habitual que las escuelas lingüísticas se apliquen a su objeto de estudio considerando ambos aspectos a la vez”, hace bien Á. L. en insistir en que “la interacción comunicativa no es un simple eslabón intermedio en el proceso hermenéutico, sino el punto de partida”. Eso sí, “es muy frecuente que la lingüística comunicativa se convierta en una mera sucesión de análisis pormenorizados al fondo de los cuales no se acaba de ver la luz” (p. 53), lo que no deja de producir cierta desazón. Una desazón que no dura mucho, pues en el breve capítulo que sigue, el 4 (“Percepción y acción: el mundo de los intercambios comunicativos”), y de la mano de un biólogo no muy conocido por los lingüistas, el estonio-alemán J. von Uexküll, que vivió en la primera mitad del siglo pasado, empezamos a tomar conciencia de lo que significa que la evolución, “culpable” de todos los cambios biológicos, lo sea también de que los humanos hayamos llegado a integrar el mundo de la percepción con el efectual del hablante. Y a “La evolución como problema” dedica el capítulo siguiente (el 5), de nuevo cuño, cuya frase inicial –inobjetable– es un aterrizaje brusco: “En las lenguas los datos empíricos se presentan en forma de variantes y no de abstracciones categoriales” (p. 61). Es verdad que, en ciertas cuestiones, como en “el espinoso tema del origen del lenguaje”, las ideas de los lingüistas no llevaron a Darwin demasiado lejos, pero, al contrario de lo que suele creerse, Á. L. sostiene que fueron los esfuerzos de los primeros indoeuropeístas los que sugirieron al naturalista inglés el esquema de la evolución de las especies. En todo caso, por muy discutibles que resulten las relaciones entre lingüística y biología, está claro que son “algo más que una mera analogía” (p. 66). Como la variación es la causa interna de la evolución en ambos casos, a la hora de trazar el desarrollo de los cambios, las dos disciplinas han de utilizar métodos similares. Ahora bien, no ignora Á. L. los escollos, por ejemplo, el que en las lenguas sin escritura (o que la han alcanzado no hace mucho) a menudo no puede pasarse del terreno de las hipótesis. Y le parece que recurrir al aprendizaje de los niños para ver si se descubren elementos de épocas anteriores ya desaparecidos es una vía de corto recorrido y muy escasos resultados. Asombrosa es igualmente la semejanza en el modo de actuar de la causa evolutiva externa, el aislamiento, y a ello –y a cómo ha afectado a los distintos modelos explicativos– dedica el resto del capítulo, un capítulo central en la obra, pues son tantas las inexactitudes que se han ido sucediendo acerca del paralelismo entre evolución biológica y evolución lingüística, que es de agradecer la apretada y clara síntesis llevada a cabo por Á. L sin maximalismo alguno. Piensa, por ejemplo, que la evolución del latín al romance se produce de manera gradual en lo relativo a los sonidos, pero no en sintaxis. Y pese a haberse ocupado él mismo del origen del lenguaje en tres libros y numerosos artículos, admite que la cuestión no está, ni mucho menos, zanjada. Claro que también seguimos sin saber el de la vida. Y si los biólogos no son capaces de explicar el paso de una especie a otra, no puede extrañar que no tengamos respuesta para la pregunta de cuándo acaba una lengua y empieza otra.

Se plantea en el capítulo 6, como ya se ha dicho, “el carácter asimétrico” del signo, imprescindible para entender la variación. Que el significante y el significado han de dejar de concebirse como “las dos caras de la misma moneda”, es algo que viene sosteniendo Á. L. desde hace tiempo, por lo que ya debe de estar acostumbrado a que en las ciencias humanas las evidencias y obviedades no siempre se imponen sobre las rutinas y estereotipos. F. de Saussure no defendía ni la biunivocidad ni la arbitrariedad del signo, como parece deducirse del Cours. Y si no se acepta la asimetría del signo y la relativa independencia de sus dos “componentes”, seguiremos sin entender algo que no requiere demostración: las lenguas, mientras se usan, no cesan de variar. Menos mal que en esto Á. L. no se encuentra solo. A la cita de A. Culioli (“le véritable problème c´est qu´il n´existe pas de correspondance terme à terme entre, d´un côté, des marqueurs dans une langue donnée et, d´un autre côté, des catégories invariantes que nous retrouverions à travers les langues ») con que cierra el capítulo, podrían agregarse muchas más.

Ya he dicho que el objetivo de este libro es mostrar que el estudio de la variación, “el mayor reto al que se enfrenta la lingüística del siglo XXI” (p. 198), ha de tener una fundamentación neurológica. De ello trata específicamente en el capítulo 7, en el que los obstáculos se agolpan, pues, “ningún lingüista se atreve a prescindir de la base neurológica de su objeto” de descripción, pero la verdad es que seguimos sin saber cómo funciona el cerebro. Por ello, y porque la propia biolingüística continúa situando la variación fuera de su campo (pertenece al mundo cultural y social), la confusión es notable. No todo, sin embargo, es oscuridad. Los experimentos relativos al metalenguaje a que se refiere en este capítulo (uno de los pocos que exigen un esfuerzo adicional a quienes no estamos familiarizados con ellos) nos permiten decir que “la conciencia metalingüística puede sustentarse neurológicamente en cualquier ámbito y que los fenómenos de variación ocurren con pleno conocimiento de los usuarios” (p. 99), y que las actitudes lingüísticas requieren para manifestarse una situación variacional de sentidos o morfemas equifuncionales entre los que el hablante puede elegir en función de los efectos sociales que desea alcanzar. Igualmente pertinente es recordar que la perspectiva mentalista, no la conductista, es la que puede proporcionar explicaciones, y también llevarnos a superar la dicotomía sistema/uso, dado que todos los hechos son opciones mentales (que en última instancia se resuelven en redes neurológicas) determinadas por el contexto” (p. 101). Si no me equivoco, es la primera vez –justo en el ecuador de la obra– que aparece este término. Y como en tal noción radica el mayor impedimento que debe superar el lingüista, a “La lengua y el mundo” dedica el capítulo 8, antes de centrarse en el resto de la obra en “los avatares de la variación”. En nuestras cogniciones, al pasar a ser compartidas socialmente, se producen distorsiones, fuente de la variación.

Hace bien Á. L. en volver sobre los fundamentos topológicos, expuestos en sus abundantes escritos anteriores de gramática liminar, pues, por razones que más tienen que ver con la sociología de la ciencia que con la disciplina lingüística misma, no son muchos los estudiosos que se han tomado la molestia de adentrarse a fondo en ellos, y, menos, proyectarlos en sus análisis. De hecho, el eco alcanzado por sus obras, bastantes de ellas ingentes, como los tres volúmenes de su Gramática del español,  y de los más destacados escritos de sus continuadores viene a resumirse en dos notas (107 y 108, p. 113), la segunda de las cuales se cierra con la convicción de que la situación no va a tardar en cambiar: “la lingüística de corpus y la lingüística enunciativa representan dos líneas de desarrollo muy prometedoras que en los próximos años nutrirán gran parte de las investigaciones de gramática liminar”. Quizás a esa lentitud de la proyección de sus ideas no sea ajeno el que “puede parecer muy abstracto” lo que “en el fondo es de lo más simple” (p. 117), por lo que, ante otra obviedad, la de que los datos y la conciencia de los mismos no son iguales, muchos optan por echar a cara o cruz el tomar decisiones (p. 118).

Aunque pueda parecerlo, el capítulo 10 (“Fundamentos topológicos de la variación lingüística”), que reproduce parcialmente un trabajo de 2009 publicado en inglés, no se limita a reforzar lo dicho en el precedente. Aprovecha para insistir en que la nula proyección práctica de la distinción entre lingüística interna y lingüística externa se debe, entre otras razones, a que toda lengua incluye “sus determinaciones contextuales de manera inevitable” (p. 125). Y se llega, en el capítulo 11, al asunto crucial, el de los “Dominios variacionales”. El nombre de E. Coseriu vuelve a hacerse presente a la hora de determinar los ejes que nos ayudan a repartir y discriminar las diferencias, y la iluminadora claridad expositiva de Á. L. se acentúa al fijarse –de la mano de los hispanistas alemanes P. Koch y W. Oesterreicher– en una de ellas, que de ningún modo puede contemplarse como dicotómica, “el continuo que va de lo hablado a lo escrito”, ya que “una cosa es el medio de manifestación (fónico o gráfico) y otra, la concepción textual. Y, cómo no, lo hace también críticamente, al tratar de explicar la contradicción en la aceptación de que “un texto puede ser inmediato y distante, o cercano pero no mediato” a la vez. Prefiere ver en la gradualidad oralidad–escritura, no tanto “un vector de mediatez-distancia, como uno difuso con dos ramas, que idealmente coinciden, pero que pueden divergir hasta cierto punto” (p. 137). No está muy distante esta idea de la interesante propuesta ya citada de S. del Rey.

Personalmente, haría una matización a propósito de su modo de ilustrar uno de los ejes que ayudan a repartir las modalidades de uso de una lengua. Es verdad que los límites entre dialectos no pueden ser trazados sobre la base de los haces de isoglosas, pero “hacerse cargo de la percepción de cada hablante” [¿por qué siente –se pregunta– un castellano de Soria (que no sesea) mucho más cercana el habla de un murciano de Lorca (con seseo) que la de un andaluz de Sevilla?] no me parece que esté al alcance del lingüista. Y, de hecho, así parece insinuarlo el propio Á. L. al cerrar el capítulo y, sobre todo, a lo largo del siguiente, el 12 (“Lengua y dialecto”), que reproduce en parte un escrito de 1998 titulado “La concepción de lengua y de dialecto a la luz de la teoría de prototipos”. Su cautela aflora a cada paso en un asunto imposible de dilucidar al gusto de todos, entre otras razones, por lo “resbaladiza” que resulta cualquier definición del concepto de prestigio (p. 153). El carácter difuso de esta noción se refleja en que ni siquiera hay coincidencia a la hora de tomar como prototípicas determinadas variedades tenidas por prestigiosas, o cuando se quiere determinar la (des)estimación social de las no prototípicas. No creo que se pueda ir mucho más allá de su conclusión: “los conceptos de lengua y dialecto no son ni prescindibles ni caprichosos; hunden sus raíces en nuestra forma de concebir el mundo y cualquier teoría lingüística que no sea capaz de conceder a la lengua el valor prototípico que la caracteriza estará irremediablemente inconclusa” (p. 159). Á. L., que ha publicado El rumor de los desarraigados: conflicto de lenguas en la Península Ibérica, Un sueño plurilingüe para España o Espala contra el Estado, entre otros libros, sabe muy bien que “cuando las sociedades humanas se definen por sus lenguas existe la tendencia a primar la diversidad sobre la unidad. Pero el nacionalismo no es la única fuerza que mueve la historia. Vivimos en plena euforia del descubrimiento de la transversalidad. Frente a las relaciones INTER (inter-individuales, inter-grupales, inter-nacionales), este comienzo del siglo XXI está marcado por las relaciones TRANS, una nueva manera de encarar el conocimiento, de la que se seguirán –se presume– consecuencias imprevisibles” (p. 163). Las paginas que siguen, de tanto interés para los lingüistas como para los que no lo son, han de ser leídas sin la mediación de glosa alguna.

Se llega así a los dos capítulos finales (el 13, “Variación y niveles lingüísticos”, y el 14, “Prototipos variacionistas”), que casi podrían fundirse en uno solo. El primero constituye un esfuerzo extraordinario para poner orden dentro del marco conceptual en que menos ha cambiado la lingüística, el de su compartimentación modular, y lo ilustra, además, con la lengua española. No habla, por ejemplo, de una Fonología, sino de tres (prosódica, estructural y combinatoria), y de otras tantas Semánticas (actancial, léxica y construccional), dentro de las cuales –en particular, la primera y la tercera-, si no entiendo mal, quedaría integrada la sintaxis. Y el segundo, con el que se cierra el libro, se justifica, una vez más, por el hecho de que no siempre se impone lo evidente, al ser la lengua también la conciencia de unos usuarios que se comportan de modo muy desigual.

Termino. Esta reseña (ninguna lo pretende, en realidad) no trata de “ahorrar” a nadie la lectura de la obra reseñada. Todo lo contrario. Me había propuesto convencer al lingüista que se ocupe de la variación (esto es, a todos) de que ha de leerla íntegramente, de ahí que deliberadamente no me haya detenido en aquellos puntos en que cualquier comentario, lejos de ayudar, acabaría por perturbar la comprensión de su contenido. Pocas veces sucede que en apenas doscientas páginas se exponga tanto con tanta clarividencia y claridad. Estamos ante un libro, más que recomendable, de lectura obligatoria para profesores y (con la ayuda de estos) para estudiantes que piensan dedicarse a la tarea de explicar(se) el complejo funcionamiento de las lenguas.


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